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Periodismo Científico en Uruguay - Capítulo 8
 

Capítulo 8:

Una cultura que no valora lo científico

 

“En Uruguay la ciencia no es considerada parte

de la cultura. Si alguien no conoce la obra de Rodó o

 la de Torres García, es un ignorante. Pero cuánta gente

anda por la vida sin considerar importante

tener conocimientos de ciencia.”

 

Fernando Pérez Miles

 Investigador

 

En 1880 el biólogo inglés Thomas Henry Huxley brindó un discurso encendido y polémico, en el cual criticaba la idea de que la educación liberal debe orientarse exclusivamente al campo de las humanidades, y destacaba la importancia de las ciencias físicas en el desarrollo de una nación y, en sus propias palabras, para “la prosperidad de millones de hombres”. El discurso se titulaba Ciencia y Cultura, y refleja el intenso, y a veces despiadado, enfrentamiento entre científicos y humanistas que tenía lugar en las postrimerías del siglo XIX (Burgos, 2001).

Tiempo después, hace poco menos de medio siglo, C. P. Snow (2000) generó un gran debate al proponer públicamente su idea de que la vida intelectual de toda la sociedad occidental se estaba escindiendo cada vez más en dos grupos polarizados. En un polo consideraba a los intelectuales literarios, quienes, de paso, mientras nadie miraba, tomaron la costumbre de referirse a sí mismos como “intelectuales”, como si no hubiera otros. Y por otro, los científicos. Entre ambos, decía Snow, hay un abismo de incomprensión mutua, a veces de hostilidad y desagrado, pero sobre todo falta de entendimiento.

También se ha hablado de que el siglo XX fue testigo de cómo los dos grandes acontecimientos que lo caracterizaron, no supieron ponerse en contacto. La ciencia y la tecnología, por un lado, y la comunicación de masas, por el otro, parecieron haber recorrido en paralelo el camino de su propio desarrollo, sin encontrarse jamás, sin que se haya podido establecer un nexo capaz de dar un sentido social y participativo al trabajo de los científicos y de ofrecer verdaderamente una cultura profunda y asumida por todos de la ciencia en nuestra sociedad (prólogo de Fernández del Moral, en Nelkin, 1990).

Considerando todo esto, parece que el periodismo científico, y sus impulsores en todo el mundo, tendrán que trabajar arduamente para lograr sus anhelos de una actividad más desarrollada en los medios de comunicación y una sociedad informada sobre ciencia y tecnología.

Es que el periodismo científico, ya por el simple hecho de existir, parece querer cambiar una realidad de muchas décadas, porque esta especialidad no sólo significa un acercamiento entre los medios de comunicación y la comunidad científica, sino también entre ésta y el mundo de los intelectuales literarios que describía Snow, ya que de allí provienen muchos –quizá la mayoría- de los periodistas: de las humanidades.

Las razones culturales, desde el punto de vista de la tradición, han sido uno de los grandes motivos señalados para entender los porqués del escaso desarrollo del periodismo científico en el país.

La vigencia de las ideas de Snow puede percibirse en el Uruguay de hoy, no tanto porque ambos mundos deseen mantenerse alejados, cosa que no sucede, o que sucede cada vez menos, sino por el hecho de que predomina la idea de que los “intelectuales” son aquellos que provienen del mundo literario, o que tienen conocimientos humanísticos, y más que nada porque también ocurre que la ciencia no es considerada parte de la cultura.

Como producto del pensamiento humano, la ciencia es una parte medular de la cultura, y urge llevar a la consideración de todos, pero especialmente de los intelectuales de formación humanista, que no es un hecho ajeno a la vida y que, por tanto, sus respuestas también son de carácter cultural (Calvo Hernando, 1999b).

Si alguien no conoce la obra de Rodó o la de Torres García, es un ignorante. Pero cuánta gente anda por la vida sin considerar importante tener conocimientos de ciencia”, reflexiona Fernando Pérez Miles, investigador del Instituto Clemente Estable. “Ocurre que venimos de una tradición educativa muy volcada al humanismo; tanto, que a veces se desprecia la labor del científico”, agrega.

Nos hemos acostumbrado, por una formación (o deformación) educativa, a que la cultura son solamente las humanidades y las artes, dice Varela, pero la verdad es que también lo son la ciencia y la tecnología, sobre todo considerando que ellas lo cambian todo: la vida cotidiana, la cultura, la civilización, las sociedades, los modos de producción, los hábitos, etc.

Stoll coincide en señalar que “toda el área científico-tecnológica está subvaluada socialmente; eso se ve desde los salarios hasta el reconocimiento social que tienen los científicos en relación a otras actividades”.

Tanto así, que los científicos, que ejercen una influencia decisiva en nuestra vida cotidiana, sobre el presente y el futuro, son menos conocidos para el público que un futbolista, un músico y, desde luego, mucho menos que toda esa galería pintoresca que puebla las páginas de las revistas llamadas del corazón (introducción de Calvo Hernando, en Flaste, 1992).

 

Tradición política

Aunque la priorización de lo político sobre los otros temas, es un hecho bastante generalizado en el periodismo de todo el mundo, en nuestro país se da además la particularidad de que los medios de comunicación nacieron como herramientas al servicio de los partidos políticos.

El diario El Día, por ejemplo, fundado en 1886, fue en principio una tribuna desde donde su propietario, José Batlle y Ordóñez, realizaba denuncias contra el gobierno de Máximo Santos, y poco más adelante ese periódico se transformó en una evidente herramienta de promoción del Partido Colorado.

De igual manera, a lo largo de la historia muchos otros políticos han incursionado en el periodismo como trampolín para lograr puestos en el gobierno. 

Hay muchos que afirman que hoy se ha llegado a niveles de “superabundancia” de información política en los medios de comunicación, como así también aquella referida a la economía y los deportes. Las quejas se refieren principalmente al hecho de que, simplemente por referirse a uno de estos temas, una noticia pasa de forma automática a ser considerada más importante que el resto de los temas.

Una periodista recuerda con indignación una oportunidad en que había realizado una gran investigación sobre un tema científico, en la cual además había incluido varias infografías muy elaboradas, pero la misma debió esperar varios días antes de su publicación, porque se había iniciado un debate a raíz de las declaraciones de un político, que de inmediato pasaron a ser la prioridad en el medio.

Los uruguayos en general conocemos el acontecer político del país, como así también el deportivo. Estamos al tanto de casi todas las actividades que se desarrollan a nivel político, sabemos cómo funciona el Parlamento de la nación, cómo se produce la aprobación de un proyecto de ley.

Y también sabemos en qué minuto o segundo se metió el gol en el arco contrario, en un partido de fútbol, conocemos el nombre y la historia de ese deportista, y hasta la cantidad de faltas que tuvo y de patadas que dio.

Pero nos comunicamos con miles y miles de personas a través de una computadora, y tan sólo con apretar unos botones, pero no sabemos cómo sucede.

Habría que preguntarse si en el futuro vamos a querer hombre y mujeres con bastos conocimientos políticos y deportivos, o si también queremos y necesitamos personas informadas e involucradas en el desarrollo de un mundo mejor”, reflexiona Elsa Levrero (1996). 

Un área de segunda categoría

Existe un reconocimiento general de que no hay interés por parte de la mayoría de los periodistas, en cubrir temas científicos. Además de ese “temor” a un área que parece difícil y que les puede hacer “pasar vergüenza”, como se vio en el capítulo 4, también ocurre que los periodistas no tienen interés en estos temas, principalmente por dos motivos: 1) su educación secundaria y universitaria, cuando la hay, generalmente ha sido humanística, y por una cuestión de preferencias personales no tienen afinidad con los temas científicos; y 2) el área científica, junto con la social y cultural, es considerada de segunda categoría dentro de los medios de comunicación. 

Una de las periodistas que más alertan sobre la cuestión del prestigio, es Canoura, del semanario Búsqueda, quien sostiene que “para las empresas periodísticas de Uruguay, éstas son áreas de segunda, y entonces también somos de segunda los periodistas que las cubrimos. Eso se nota en el salario y en la jerarquía dentro del medio. Incluso entre nosotros mismos, los periodistas, nos vemos diferente. No es lo mismo el que sigue a Batlle que el que cubre ciencia. Ni en nuestra cabeza ni en la del que nos contrata”, sostiene.

En el mismo sentido, Hirchfeld, quien trabaja para el mismo semanario, destaca la realidad de que “si no se es un periodista económico o político, entonces ya no se es un periodista de primera línea. Todavía, el periodista es el que cubre política y economía”.

Calvo Hernando, por su parte, sostiene que eso “va a ir desapareciendo de las sociedades contemporáneas a medida que la gente tome conciencia de cuánto influyen la ciencia y la tecnología en el incremento de nuestra calidad de vida”.

Pero, a pesar de esta visión positiva del periodista español, en Uruguay los periodistas que cubren ciencia son vistos todavía como un “periodismo marginal”, como lo describe Paullier.

Aunque esta actividad ya tiene unos cuantos años en el país, es una especialidad nueva y todavía somos muy pocos; entonces no se nos ve con la aureola del éxito que pueden tener otras áreas del periodismo”, sostiene.

Paullier comenta, a propósito de esta cuestión, que hace poco se organizó un concurso para premiar a los mejores programas de televisión y radio del Uruguay. Había muchos rubros, pero ninguno para programas científicos. “Esa es una clara demostración de que para los dueños de muchos medios no existimos”, dice.

Los políticos y la ciencia

El desinterés por la ciencia no es sólo un mal de los periodistas, sino también de los políticos, y ello es preocupante, sobre todo en un país en el cual la mayor parte de la investigación científica y tecnológica es financiada con fondos del Estado.

Se cita, por ejemplo, el caso del ex presidente Julio María Sanguinetti, periodista, historiador y conocedor del arte, a quien fue muy difícil convencer de la importancia de que un país tuviera su propia producción de ciencia y la tecnología. “El creía que cuando precisara ciencia, sólo iba a tener que ir afuera a comprarla”, dice Méndez Galain.

En otros casos, sin embargo, se señala que la causa del desinterés de los políticos proviene del hecho de que la investigación científica por lo general es una inversión a largo plazo. “Invertir en investigación y desarrollo para un gobierno es una pérdida de dinero, porque no tendría resultados antes de cinco años y no le aseguraría la reelección del partido; ahí está el problema”, asegura el biólogo Sanguinetti. Y agrega que Uruguay en general es un país que no sabe invertir a largo plazo. “Claro, una vaca demora poco en crecer y en venderse como carne, pero la ciencia tarda mucho más”, explica. 

Por su parte, Varela cuenta su experiencia de trabajar en el CONICYT y más tarde en la DINACYT: “En 30 años nunca vi ningún interés por parte de los gobernantes en promover la ciencia y la tecnología. Para que se lograra la primera parte del Programa de Desarrollo Tecnológico, hubo que hacer mucho esfuerzo y convencer a las autoridades de que era un sector fundamental para el país. Pero todavía no hay conciencia en el gobierno de considerar que ésta sea un área estratégica de desarrollo; de lo contrario, existiría una política de ciencia y tecnología, que jamás hemos tenido”.

Aun así, en su discurso de asunción, el presidente Jorge Batlle hizo referencia en varias ocasiones a la necesidad de desarrollar la ciencia y la tecnología en nuestro medio, con miras a ser competitivos a nivel internacional:

Sólo las sociedades de economías abiertas y de alta incorporación tecnológica tienen tasas de desempleo aceptables. Uruguay puede y debe transformarse en una nación de ese porte. También tiene que ser un Mercosur cultural, científico y tecnológico, en donde el conocimiento de nuestra academia de gente intelectualmente superior de estas naciones se junte para poder hacer cosas en común y desarrollar una civilización, no sólo como nos corresponde, sino como estamos obligados a hacerla en esta América, que es grande por lo que ha hecho y por lo que puede hacer entre todos juntos”, dijo Batlle.

 

El conocimiento y el interés

De momento, es un hecho que poca gente de nuestro presente conoce los fundamentos científicos y tecnológicos de una realidad ya omnipresente y claramente marcada por la ciencia y la tecnología. Para muchos, el uso de la más variada tecnología se reduce a apretar un botón y ver cómo, casi por arte de magia, lo que hasta hace unos años parecía imposible, se hace realidad. Por desgracia, la ciencia y la tecnología, en sus razones y conceptos últimos, resultan para la gran mayoría tan ignotos e inexplicables como la magia. Se confunden (Barceló, 1998).

Pero esto ocurre incluso en los países desarrollados. Por ejemplo, un estudio de la Fundación Nacional para la Ciencia (en Gámez, 2001), de Estados Unidos, reveló que la mitad de los habitantes de ese país cree que nuestros ancestros convivieron con los dinosaurios, e igual número de ciudadanos no sabe que la Tierra tarda un año en completar una órbita alrededor del Sol.

El informe, que pasa revista al estado de la ciencia y la tecnología, ofrece unos resultados que evidencian que “la alfabetización científica en Estados Unidos (el país que más invierte en investigación y desarrollo en todo el mundo) es bastante baja”. 

Calvo Hernando (en Bravo, 1996) sostiene que, el de la información científica, es uno de esos círculos viciosos que padecen las sociedades actuales y que impiden su evolución en determinados planos. Es decir, que se argumenta que la ciencia “vende” poco en los medios informativos por falta de un clima científico en el país, pero que ese clima deben crearlo los medios de comunicación.

Los propietarios de los medios esquivan esta responsabilidad, y se escudan para no publicar más, diciendo que la ciencia no vende. “Y yo siempre les digo: tampoco vendía el fútbol en los años 20; entonces era sólo un deporte, no un espectáculo. ¿Quién transforma el deporte en espectáculo? Los medios de comunicación”, dice Calvo Hernando.

Prácticamente todos los periodistas y científicos consultados para la elaboración de este proyecto, coincidieron en afirmar que perciben interés del público hacia los temas científicos. Hay encuestas (Arocena, en El Espectador, 1998) que señalan que el 55% de los uruguayos entiende que el país puede y debe hacer investigación, dedicándole recursos propios, porque los resultados serán positivos para el futuro del país. Asimismo, el hecho de que en Uruguay se vendan mensualmente 4.000 ejemplares de la revista científica Muy Interesante, parece confirmar esa percepción.

Por ello, más que un problema de interés en la ciencia, en nuestro país parece ser que “el periodismo científico vende poco porque no se lo sabe hacer”, como señala Sanguinetti.

La subdirectora de la edición española de Muy Interesante, María José Casado, consultada respecto a cuál era el secreto del éxito de su publicación, respondió sin vueltas: “es que la ciencia es un buen manjar; sólo hay que hacerlo digerible”.