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Periodismo Científico en Uruguay - Capítulo 7
 

Capítulo 7:

Responsabilidades del mundo científico

 

“La ciencia debe estar abierta a la sociedad,
y los científicos tienen que asumir su parte de
responsabilidad en esa tarea de informar al ciudadano.”

Ricardo Ehrlich
Ex decano de la Facultad de Ciencias


El periodismo científico uruguayo no asigna en general grandes responsabilidades a la comunidad científica, al momento de señalar las razones del escaso desarrollo que esta actividad presenta en el país. Sin embargo, sí lo hace la propia comunidad, sobre todo en los últimos años, en que los investigadores empiezan a entender cada vez más la importancia de comunicar y difundir su trabajo; algunos, movidos por un sincero interés humano en democratizar el conocimiento; otros, reaccionando ante la necesidad de conseguir mayores recursos para sus investigaciones

 

Del encierro a la luz

Todavía quedan algunos científicos e investigadores de la tecnología, encerrados a su completa satisfacción en la torre de marfil de su reducido mundillo de especialistas, que desean mantenerse voluntariamente al margen del contacto con el mundo, y que no se atreven a “rebajar los contenidos” y abandonar la lucha por transmitir sus ideas a un público más amplio (Barceló, 1998).

No obstante, cada vez más se entiende que “no se puede hacer ciencia en ningún lado, sin que ella esté al lado del ciudadano, sin que reconozca su deber de informarlo sobre los progresos que van ocurriendo y capacitarlo para optar. Es una responsabilidad de los científicos, entonces, estar cerca de los comunicadores y hacer que la ciencia esté abierta a la sociedad”, sostiene Ehrlich.

Es cierto, reconoce el decano de Ciencias, que en general los investigadores tienden a encerrarse en sus laboratorios y a concentrarse en sus problemas. Sin embargo, asegura que la comunidad científica uruguaya, tal vez porque nació recientemente, ha asumido fuertes compromisos con el país.

De parte de los científicos, hay una preocupación cada vez mayor por informar, por abrirse y trabajar al lado de la sociedad. Por ejemplo, cuando se construye la nueva facultad de Ciencias[1] en Malvín Norte, un barrio bastante carenciado, “ello va a determinar una clara vocación de apertura, porque estamos en un contexto social que no nos hace olvidar que esta institución ha sido creada con el esfuerzo del país, y que, por tanto, debe trabajar pensando en él”.

Se ha dado, en los últimos años, un cambio muy favorable en el mundo científico: se ha comprendido el enorme impacto que producen los medios de comunicación. Cuenta Paullier el caso de un distinguido médico que le aseguró: “yo creo tanto en la tarea que ustedes, los periodistas científicos, realizan, y en el papel que jugamos los médicos en los medios de comunicación, que si a mí me dieran a elegir entre mil dólares para invertir en un aparato para el tratamiento del cáncer de mama, o para utilizarlos durante una hora en televisión, para transmitir pautas de comportamiento preventivas, me quedo sin dudarlo con el espacio en televisión, porque con el aparato curo a diez, y con la televisión curo a diez mil”.

Así, los científicos han salido a transmitir al público la información que antes se guardaban para ellos y para sus pares. En el pasado, por desconocimiento, en algunos casos, y por un dejo de soberbia, de egoísmo, en otros, se habían convencido de que se estaban guardando conocimiento, sabiduría.

En nuestro país ya ha habido (como se vio en el capítulo 5), de parte del mundo científico, algunas iniciativas para mejorar la relación entre los investigadores y los periodistas, y estimular una mayor presencia de información científica en los medios de comunicación.

Otros intereses

La actividad científica está experimentando cambios significativos que afectan las normas profesionales de comunicación y en particular su relación con la prensa. Hoy en día, la ciencia depende de una tecnología sofisticada, muy cara y más susceptible de reglamentación que en el pasado. El costo creciente de la actividad científica está cambiando la naturaleza de la profesión y de su relación con el público, desde que razones de tipo social o comercial, ajenas a la ciencia, han comenzado a condicionar la financiación y el control de la investigación (Nelkin, 1990).

En Uruguay, ejemplifica Touriño, “los decanos de las facultades están haciendo mucho marketing, en el sentido bueno; es decir, se dieron cuenta de que para conseguir recursos hay que abrir las puertas de la universidad y mostrar lo que se está haciendo”.

En el caso del Instituto Clemente Estable sucedió algo similar. Fue fundado por un maestro de escuela (que dio su nombre al instituto), que constantemente visitaba los centros educativos y propiciaba visitas de los mismos al centro de investigaciones. Tras el fallecimiento de Estable, las visitas se cancelaron. Predominó una idea de que “no había que molestar la paz sagrada del científico”, recuerda Costa. Pero cuando el instituto corrió peligro de ser cerrado, durante la segunda presidencia de Julio María Sanguinetti, “ahí nos dimos cuenta de que nadie nos conocía y que nadie iba a romper una lanza por nosotros. Desde entonces estamos recibiendo escuelas todos los meses, damos charlas y hablamos sobre lo que hacemos”, comenta.

Otro ejemplo del interés de los científicos en comunicar su trabajo, es el portal de Internet Uruciencias (www.uruciencias.com.uy), a cargo de un grupo de profesionales que procura crear un nexo entre la comunidad de ciencia, tecnología y educación, y la sociedad. Este proyecto, que aún no cuenta con todas sus prestaciones operativas, pretende en un futuro realizar transacciones comerciales con sus contenidos, para lo cual se están gestionando acuerdos con universidades y centros de investigación que les aporten los mismos.

Los científicos no saben comunicar

Una vez que se ha despertado el interés de los científicos en comunicar, sea por las razones que sea, algunos de ellos se enfrentan con una (a veces importante) dificultad: no saben explicar su trabajo en términos sencillos.

Dice Sanguinetti: “Yo estoy dispuesto a comunicar lo que hago, pero no lo sé hacer. Si encuentro una estructura que me ayude, bien. Pero lo que yo sé hacer es ciencia, no divulgación. Entonces, nadie me puede exigir que yo la divulgue, porque no lo sé hacer. Además, no me pagan ni me contratan para eso.”

Es por ello que en muchas partes del mundo ya empiezan a surgir cursos de comunicación para científicos, con el fin de familiarizarlos con la estructura y las necesidades de los medios.

Ocurre que el hecho de divulgar algo que puede ser de interés para el público, dice Costa, “implica para el científico todo un desafío, porque no está preparado para enfrentar a un periodista o mirar una cámara de televisión; ni siquiera está preparado para redactar un artículo sencillo que sea comprendido por la gente. Están muy metidos en ese automatismo de escribir de forma científica, rigurosa, pesada, densa y con mucha jerga especialista, que solamente unos pocos miles de personas entienden.”

Costa cuenta su experiencia como director de la sección “Investigadores del Clemente Estable”, en la desaparecida revista Posdata. “Recibía artículos de científicos, donde se veía claramente que les costaba mucho traducir lo más importante en términos sencillos. Les costaba mucho decir en palabras sencillas lo que hicieron, porque para un investigador, simplificar es mentir un poco, y va contra la verdad pelada y cruda que él persigue. Necesariamente, se pierde información y se diluye la verdad. Si yo digo que el 95% de los bichos hacen eso, para simplificar digo que todos los bichos lo hacen. Estoy mintiendo, pero de forma insignificante. Igual, al científico ese paso le cuesta mucho”.

En consecuencia, explica Cayota, “los científicos muchas veces nos hemos quejado de la falta de conocimiento que el público en general tiene sobre la Universidad, pero en realidad tampoco hemos sabido cómo volcar y cómo expresarnos para difundir lo que se hace, no sólo en materia de investigación, sino también de otras actividades, como por ejemplo las actividades de medicina comunitaria, medicina social, salud pública y actividades de asistencia médica en el hospital universitario, que brinda la facultad de Medicina. Lo bueno es que ahora el sector universitario se está prestando cada vez más a ese tipo de instancias de difusión.”

Además, prosigue Cayota, “en los últimos años hemos tenido una mayor interacción con los periodistas, debido a un acercamiento más que nada de su parte, lo cual ha facilitado que nosotros hayamos empezado a comprender más cómo transmitir la información. Aunque, debo reconocerlo, nos está costando un poco, porque es un cambio de lenguaje total, una forma de presentación muy diferente de las cosas, ya que se trata de un público que no conoce la parte técnica, y a eso tenemos que aprender a adaptarnos. Nosotros podemos aprender del periodismo, las formas de transmisión de la información, cuáles son las herramientas que uno tiene que utilizar y cómo tiene que dirigirse al público. Es decir, hay muchas cosas que nosotros no conocemos y que no nos vendría mal aprender”.

Lo mismo sucede también en facultad de Ciencias, una institución “que tiene interés en comunicar lo que hace, pero que no lo sabe hacer”, según afirma Sanguinetti. Las actividades que la facultad realiza con la comunidad del barrio en la que se encuentra ubicada, han permitido que “cualquiera que viva en esa zona sea capaz de responder que muchas de las cosas que estamos haciendo allí son muy importantes”, agrega.

En Uruguay tenemos algunos científicos notables, con una gran capacidad de explicar, difundir, divulgar los avances de su especialidad; pero muchas otras veces los científicos destacados no son las personas más adecuadas para comunicar.

“Se precisan especialistas de la comunicación para poder llevar el conocimiento al ciudadano, de la misma manera que se precisan especialistas de la enseñanza para lograr que jóvenes y niños adquieran conceptos sólidos en áreas complejas”, explica Ehrlich.

Virginia Ruglio, periodista de Últimas Noticias, por su parte, señala una mala organización en el mundo científico. “Las facultades deberían tener a alguien de comunicación adentro, que pueda enviar a los medios los temas de mayor interés para el público. Hay tantas cosas al santo botón, y eso es algo que falta. Eso mejoraría la relación entre el periodismo y el mundo científico”, opina.

Algunos científicos, principalmente aquellos que han podido hacer divulgación sin problemas, y que incluso han conseguido sus propios espacios en los medios de comunicación, defienden la idea de que, si un científico no es capaz de explicar en términos sencillos qué es lo que está haciendo, entonces es porque en realidad no comprende completamente su labor.

Si uno entiende a fondo el tema en el cual está trabajando, tiene que tener la posibilidad de explicarlo con palabras comunes, porque el científico debe de tener hijos, parientes, amigos que le preguntan qué es lo que hace en su laboratorio, y él les tiene que contar.

“Creo que se trata de un problema psicológico, porque la divulgación no es nada más que eso: que el investigador le cuente su especialidad al público, de la misma forma que lo hace en su casa, con su familia, cuando vuelve de trabajar”, dice Costa, y agrega: “A veces pienso que la mayoría de los científicos no comprende realmente qué están estudiando, porque si no, para mí es inconcebible que digan que lo que hacen es muy complicado y que la gente no lo va a entender. Se le puede explicar perfectamente a un niño lo que hace un investigador de primer nivel”.

“Si un científico no tiene la capacidad de dar un paso al costado y explicar el trabajo con palabras sencillas, si no puede decirle a su mamá en qué está trabajando, entonces es porque en el fondo está muy perdido”, coincide Méndez Galain.

“Por eso es trabajo de los periodistas entrenarse para ayudar al científico a salir de su mundito, dar un paso al costado y tratar de salir de su léxico. La responsabilidad se la asigno al periodista, porque el científico es su objeto de trabajo”, opina.

Se ha señalado como una particularidad de Uruguay y toda América Latina, una idea de que, respecto a la capacidad y el interés por divulgar, la ciencia está partida en dos. Por un lado, están las ciencias naturales, que se encuentran más cerca de la gente.

Costa cuenta por qué: “a veces, cuando nosotros vamos a trabajar al campo, y nos ve alguien, siempre nos pregunta qué estamos haciendo. Asimismo, el paleontólogo que hace un agujero en el piso, tiene que hablar necesariamente con la gente. Entonces quizás por eso mismo los científicos naturales tenemos mayor facilidad: porque estamos menos encerrados. De igual forma, el científico que trabaja en temas que son de importancia fundamentalmente zonal, regional o local, tiene más contacto con el público que aquellos que trabajan en temas internacionales. Las moléculas, las células y las neuronas son iguales en todos lados, pero la fauna, la flora, el suelo y el clima de Uruguay son particulares. Entonces la gente que trabaja en temas locales tiende más a explicar, porque son cosas que le interesan a la gente de su país”.

El mundo científico no estimula la divulgación

Además de una formación que no los prepara para la interacción con los periodistas ni para la difusión de sus investigaciones al público, los científicos se ven desmotivados también por la propia estructura del mundo científico, que no sólo no estimula de ninguna forma estas iniciativas, sino que tampoco las valora. En consecuencia, entre dirigir sus energías a la investigación y la docencia, o enfocarlas en colaborar en actividades que estimulen el periodismo científico y la comunicación de la ciencia, en general los científicos prefieren lo primero, porque lo otro no les da rédito profesional.

En el ambiente académico, cuanto más avanzan los investigadores en el grado que tienen, van importando cada vez menos otras cosas y cobra gran (casi exclusiva) importancia, la producción científica, o sea, cuál es el tema de investigación, qué tan original se es, qué tanto se ha investigado, qué tanta repercusión han tenido sus trabajos, qué tanto han sido tomados por sus colegas en el mundo, qué impacto ha tenido en la realidad que lo rodea, etc.

Son las publicaciones que un científico realiza en revistas arbitradas las que van a contar para su currículo, a la hora de poder conseguir méritos para una plaza de trabajo o para poder conseguir la financiación necesaria para nuevos proyectos.

“Para asignar un grado 5 -y esto pasa en cualquier universidad del mundo- a nadie le van a preguntar si das bien o mal las clases; lo que va a importar es qué tan creativo y productivo sos en tus investigaciones. El tema de la divulgación es algo totalmente secundario”, explica Méndez Galain.

Hasta ahora, en los países de Ibero América la divulgación de los resultados de las investigaciones no han tenido gran valor para la carrera profesional del científico. Pero en sociedades como la francesa, por ejemplo, una buena divulgación puede incluirse en el currículo y puede ejercer efectos muy positivos para el interesado.

En Uruguay, a pesar de todo, “como es un país cuya ciencia precisa tanta divulgación, dentro del medio académico el hecho de haya una persona que se dedique particularmente a divulgar, a abrir caminos, en general es bien percibido y se la considera un aliado. Entonces, a la larga, cuando se toman las resoluciones para dar un aumento de grado o confirmar al científico en su cargo, de alguna forma, inconscientemente, eso pesa. Igual, es obvio que las estructuras académicas no están premiando, o considerando, como deberían a la divulgación de la ciencia”, dice Méndez Galain.

Otro factor que desalienta las iniciativas de comunicación por parte de los científicos, son los propios colegas, que algunas veces ven con malos ojos la pérdida de tiempo que implica la divulgación.

Existe un tabú en la cultura de la ciencia sobre la publicidad por cuenta propia. Existe un tabú en algunas áreas de la ciencia sobre cualquier cosa que no sea la investigación “pura”, mejor cuanto más esotérica y más lejos de las consideraciones prácticas. Y existe un tabú en la cultura de la ciencia que prohíbe simplificar ese trabajo exquisitamente esotérico hasta el punto de hacerlo comprensible al pueblo llano (Finn, 1998).

Es curioso constatar cómo un erróneo sentido del prestigio de la ciencia idealizada hace que personas tan brillantes en las difíciles tareas de la divulgación científica como, por ejemplo, Isaac Asimov o Carl Sagan, puedan haber sido injustamente infravaloradas por el establishment científico. No se les perdona que hayan abandonado los caminos de la ciencia por la deformación que, a ojos de algunos intransigentes fundamentalistas, pueda representar la divulgación científica (Barceló, 1998).

Uno de los casos emblemáticos, que es permanentemente citado en la literatura sobre periodismo científico y divulgación científica, es el del extinto astrónomo Carl Sagan, quien decidió llevar adelante una serie televisiva de divulgación científica denominada “Cosmos”, en la cual explicaba conceptos muy complejos, como el nacimiento de las estrellas o la evolución de un sistema planetario, de modo que el público lo entendiera. La eficiencia de su narración lo convirtió en el relato científico de mayor éxito que se haya hecho en televisión.

Sin embargo, cuando Sagan hizo aquella serie fue muy criticado por algunos de sus colegas, porque sentían que el astrónomo invertía demasiado tiempo divulgando en vez de hacer investigación.

Aunque a regañadientes, en todo el mundo la comunidad científica comienza a aceptar las iniciativas de comunicación de los investigadores, al ir llegando poco a poco a la convicción que la ciencia, para la sociedad, exige una divulgación atractiva pero seria.

Paullier cuenta que, hace ocho años, cuando empezó con su programa de televisión, le costaba mucho llevar a los profesionales -científicos, médicos, ingenieros-, porque encontraba prejuicios, miedos y resistencia. “¿Qué van a pensar mis colegas?”, le decían. Hoy la situación es inversa, “e incluso hay muchísimos profesionales que me llaman a la producción del programa para contarme sobre trabajos que han realizado, o congresos a los que han asistido, y que los quieren divulgar”, asegura el periodista.

Así, actualmente se vive un proceso de cambio, de concientización, también de parte de la comunidad científica, respecto a la necesidad de informar al público. Pero, dice Costa, si bien las iniciativas de divulgación pueden llegar a ser respetadas, generalmente no reciben ningún apoyo.

 

NOTAS AL PIE

[1] El nuevo edificio de la facultad de Ciencias fue inaugurado en julio de 2000, y requirió un costo total de 13,7 millones de dólares, que fue financiado principalmente por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y contó con una financiación inicial del Fondo de la Cuenca del Plata.