“La
ciencia debe estar abierta a la sociedad,
y
los científicos tienen que asumir su parte de
responsabilidad
en esa tarea de informar al ciudadano.”
Ricardo
Ehrlich
Ex decano de la Facultad de Ciencias
El periodismo científico uruguayo no asigna en general
grandes responsabilidades a la comunidad científica,
al momento de señalar las razones del escaso desarrollo
que esta actividad presenta en el país. Sin embargo,
sí lo hace la propia comunidad, sobre todo en los últimos
años, en que los investigadores empiezan a entender cada
vez más la importancia de comunicar y difundir su trabajo;
algunos, movidos por un sincero interés humano en democratizar
el conocimiento; otros, reaccionando ante la necesidad de conseguir
mayores recursos para sus investigaciones
Del
encierro a la luz
Todavía
quedan algunos científicos e investigadores de la tecnología,
encerrados a su completa satisfacción en la torre de
marfil de su reducido mundillo de especialistas, que desean
mantenerse voluntariamente al margen del contacto con el mundo,
y que no se atreven a “rebajar los contenidos” y
abandonar la lucha por transmitir sus ideas a un público
más amplio (Barceló, 1998).
No obstante,
cada vez más se entiende que “no se puede hacer
ciencia en ningún lado, sin que ella esté al lado
del ciudadano, sin que reconozca su deber de informarlo sobre
los progresos que van ocurriendo y capacitarlo para optar. Es
una responsabilidad de los científicos, entonces, estar
cerca de los comunicadores y hacer que la ciencia esté
abierta a la sociedad”, sostiene Ehrlich.
Es cierto,
reconoce el decano de Ciencias, que en general los investigadores
tienden a encerrarse en sus laboratorios y a concentrarse en
sus problemas. Sin embargo, asegura que la comunidad científica
uruguaya, tal vez porque nació recientemente, ha asumido
fuertes compromisos con el país.
De parte
de los científicos, hay una preocupación cada
vez mayor por informar, por abrirse y trabajar al lado de la
sociedad. Por ejemplo, cuando se construye la nueva facultad
de Ciencias[1] en Malvín Norte, un barrio bastante carenciado,
“ello va a determinar una clara vocación de apertura,
porque estamos en un contexto social que no nos hace olvidar
que esta institución ha sido creada con el esfuerzo del
país, y que, por tanto, debe trabajar pensando en él”.
Se ha dado,
en los últimos años, un cambio muy favorable en
el mundo científico: se ha comprendido el enorme impacto
que producen los medios de comunicación. Cuenta Paullier
el caso de un distinguido médico que le aseguró:
“yo creo tanto en la tarea que ustedes, los periodistas
científicos, realizan, y en el papel que jugamos los
médicos en los medios de comunicación, que si
a mí me dieran a elegir entre mil dólares para
invertir en un aparato para el tratamiento del cáncer
de mama, o para utilizarlos durante una hora en televisión,
para transmitir pautas de comportamiento preventivas, me quedo
sin dudarlo con el espacio en televisión, porque con
el aparato curo a diez, y con la televisión curo a diez
mil”.
Así,
los científicos han salido a transmitir al público
la información que antes se guardaban para ellos y para
sus pares. En el pasado, por desconocimiento, en algunos casos,
y por un dejo de soberbia, de egoísmo, en otros, se habían
convencido de que se estaban guardando conocimiento, sabiduría.
En nuestro
país ya ha habido (como se vio en el capítulo
5), de parte del mundo científico, algunas iniciativas
para mejorar la relación entre los investigadores y los
periodistas, y estimular una mayor presencia de información
científica en los medios de comunicación.
Otros
intereses
La actividad
científica está experimentando cambios significativos
que afectan las normas profesionales de comunicación
y en particular su relación con la prensa. Hoy en día,
la ciencia depende de una tecnología sofisticada, muy
cara y más susceptible de reglamentación que en
el pasado. El costo creciente de la actividad científica
está cambiando la naturaleza de la profesión y
de su relación con el público, desde que razones
de tipo social o comercial, ajenas a la ciencia, han comenzado
a condicionar la financiación y el control de la investigación
(Nelkin, 1990).
En Uruguay,
ejemplifica Touriño, “los decanos de las facultades
están haciendo mucho marketing, en el sentido bueno;
es decir, se dieron cuenta de que para conseguir recursos hay
que abrir las puertas de la universidad y mostrar lo que se
está haciendo”.
En el caso
del Instituto Clemente Estable sucedió algo similar.
Fue fundado por un maestro de escuela (que dio su nombre al
instituto), que constantemente visitaba los centros educativos
y propiciaba visitas de los mismos al centro de investigaciones.
Tras el fallecimiento de Estable, las visitas se cancelaron.
Predominó una idea de que “no había que
molestar la paz sagrada del científico”, recuerda
Costa. Pero cuando el instituto corrió peligro de ser
cerrado, durante la segunda presidencia de Julio María
Sanguinetti, “ahí nos dimos cuenta de que nadie
nos conocía y que nadie iba a romper una lanza por nosotros.
Desde entonces estamos recibiendo escuelas todos los meses,
damos charlas y hablamos sobre lo que hacemos”, comenta.
Otro ejemplo
del interés de los científicos en comunicar su
trabajo, es el portal de Internet Uruciencias (www.uruciencias.com.uy),
a cargo de un grupo de profesionales que procura crear un nexo
entre la comunidad de ciencia, tecnología y educación,
y la sociedad. Este proyecto, que aún no cuenta con todas
sus prestaciones operativas, pretende en un futuro realizar
transacciones comerciales con sus contenidos, para lo cual se
están gestionando acuerdos con universidades y centros
de investigación que les aporten los mismos.
Los
científicos no saben comunicar
Una vez
que se ha despertado el interés de los científicos
en comunicar, sea por las razones que sea, algunos de ellos
se enfrentan con una (a veces importante) dificultad: no saben
explicar su trabajo en términos sencillos.
Dice Sanguinetti:
“Yo estoy dispuesto a comunicar lo que hago, pero no lo
sé hacer. Si encuentro una estructura que me ayude, bien.
Pero lo que yo sé hacer es ciencia, no divulgación.
Entonces, nadie me puede exigir que yo la divulgue, porque no
lo sé hacer. Además, no me pagan ni me contratan
para eso.”
Es por ello
que en muchas partes del mundo ya empiezan a surgir cursos de
comunicación para científicos, con el fin de familiarizarlos
con la estructura y las necesidades de los medios.
Ocurre que
el hecho de divulgar algo que puede ser de interés para
el público, dice Costa, “implica para el científico
todo un desafío, porque no está preparado para
enfrentar a un periodista o mirar una cámara de televisión;
ni siquiera está preparado para redactar un artículo
sencillo que sea comprendido por la gente. Están muy
metidos en ese automatismo de escribir de forma científica,
rigurosa, pesada, densa y con mucha jerga especialista, que
solamente unos pocos miles de personas entienden.”
Costa cuenta
su experiencia como director de la sección “Investigadores
del Clemente Estable”, en la desaparecida revista Posdata.
“Recibía artículos de científicos,
donde se veía claramente que les costaba mucho traducir
lo más importante en términos sencillos. Les costaba
mucho decir en palabras sencillas lo que hicieron, porque para
un investigador, simplificar es mentir un poco, y va contra
la verdad pelada y cruda que él persigue. Necesariamente,
se pierde información y se diluye la verdad. Si yo digo
que el 95% de los bichos hacen eso, para simplificar digo que
todos los bichos lo hacen. Estoy mintiendo, pero de forma insignificante.
Igual, al científico ese paso le cuesta mucho”.
En consecuencia,
explica Cayota, “los científicos muchas veces nos
hemos quejado de la falta de conocimiento que el público
en general tiene sobre la Universidad, pero en realidad tampoco
hemos sabido cómo volcar y cómo expresarnos para
difundir lo que se hace, no sólo en materia de investigación,
sino también de otras actividades, como por ejemplo las
actividades de medicina comunitaria, medicina social, salud
pública y actividades de asistencia médica en
el hospital universitario, que brinda la facultad de Medicina.
Lo bueno es que ahora el sector universitario se está
prestando cada vez más a ese tipo de instancias de difusión.”
Además,
prosigue Cayota, “en los últimos años hemos
tenido una mayor interacción con los periodistas, debido
a un acercamiento más que nada de su parte, lo cual ha
facilitado que nosotros hayamos empezado a comprender más
cómo transmitir la información. Aunque, debo reconocerlo,
nos está costando un poco, porque es un cambio de lenguaje
total, una forma de presentación muy diferente de las
cosas, ya que se trata de un público que no conoce la
parte técnica, y a eso tenemos que aprender a adaptarnos.
Nosotros podemos aprender del periodismo, las formas de transmisión
de la información, cuáles son las herramientas
que uno tiene que utilizar y cómo tiene que dirigirse
al público. Es decir, hay muchas cosas que nosotros no
conocemos y que no nos vendría mal aprender”.
Lo mismo
sucede también en facultad de Ciencias, una institución
“que tiene interés en comunicar lo que hace, pero
que no lo sabe hacer”, según afirma Sanguinetti.
Las actividades que la facultad realiza con la comunidad del
barrio en la que se encuentra ubicada, han permitido que “cualquiera
que viva en esa zona sea capaz de responder que muchas de las
cosas que estamos haciendo allí son muy importantes”,
agrega.
En Uruguay
tenemos algunos científicos notables, con una gran capacidad
de explicar, difundir, divulgar los avances de su especialidad;
pero muchas otras veces los científicos destacados no
son las personas más adecuadas para comunicar.
“Se
precisan especialistas de la comunicación para poder
llevar el conocimiento al ciudadano, de la misma manera que
se precisan especialistas de la enseñanza para lograr
que jóvenes y niños adquieran conceptos sólidos
en áreas complejas”, explica Ehrlich.
Virginia
Ruglio, periodista de Últimas Noticias, por su parte,
señala una mala organización en el mundo científico.
“Las facultades deberían tener a alguien de comunicación
adentro, que pueda enviar a los medios los temas de mayor interés
para el público. Hay tantas cosas al santo botón,
y eso es algo que falta. Eso mejoraría la relación
entre el periodismo y el mundo científico”, opina.
Algunos
científicos, principalmente aquellos que han podido hacer
divulgación sin problemas, y que incluso han conseguido
sus propios espacios en los medios de comunicación, defienden
la idea de que, si un científico no es capaz de explicar
en términos sencillos qué es lo que está
haciendo, entonces es porque en realidad no comprende completamente
su labor.
Si uno entiende
a fondo el tema en el cual está trabajando, tiene que
tener la posibilidad de explicarlo con palabras comunes, porque
el científico debe de tener hijos, parientes, amigos
que le preguntan qué es lo que hace en su laboratorio,
y él les tiene que contar.
“Creo
que se trata de un problema psicológico, porque la divulgación
no es nada más que eso: que el investigador le cuente
su especialidad al público, de la misma forma que lo
hace en su casa, con su familia, cuando vuelve de trabajar”,
dice Costa, y agrega: “A veces pienso que la mayoría
de los científicos no comprende realmente qué
están estudiando, porque si no, para mí es inconcebible
que digan que lo que hacen es muy complicado y que la gente
no lo va a entender. Se le puede explicar perfectamente a un
niño lo que hace un investigador de primer nivel”.
“Si
un científico no tiene la capacidad de dar un paso al
costado y explicar el trabajo con palabras sencillas, si no
puede decirle a su mamá en qué está trabajando,
entonces es porque en el fondo está muy perdido”,
coincide Méndez Galain.
“Por
eso es trabajo de los periodistas entrenarse para ayudar al
científico a salir de su mundito, dar un paso al costado
y tratar de salir de su léxico. La responsabilidad se
la asigno al periodista, porque el científico es su objeto
de trabajo”, opina.
Se ha señalado
como una particularidad de Uruguay y toda América Latina,
una idea de que, respecto a la capacidad y el interés
por divulgar, la ciencia está partida en dos. Por un
lado, están las ciencias naturales, que se encuentran
más cerca de la gente.
Costa cuenta
por qué: “a veces, cuando nosotros vamos a trabajar
al campo, y nos ve alguien, siempre nos pregunta qué
estamos haciendo. Asimismo, el paleontólogo que hace
un agujero en el piso, tiene que hablar necesariamente con la
gente. Entonces quizás por eso mismo los científicos
naturales tenemos mayor facilidad: porque estamos menos encerrados.
De igual forma, el científico que trabaja en temas que
son de importancia fundamentalmente zonal, regional o local,
tiene más contacto con el público que aquellos
que trabajan en temas internacionales. Las moléculas,
las células y las neuronas son iguales en todos lados,
pero la fauna, la flora, el suelo y el clima de Uruguay son
particulares. Entonces la gente que trabaja en temas locales
tiende más a explicar, porque son cosas que le interesan
a la gente de su país”.
El
mundo científico no estimula la divulgación
Además
de una formación que no los prepara para la interacción
con los periodistas ni para la difusión de sus investigaciones
al público, los científicos se ven desmotivados
también por la propia estructura del mundo científico,
que no sólo no estimula de ninguna forma estas iniciativas,
sino que tampoco las valora. En consecuencia, entre dirigir
sus energías a la investigación y la docencia,
o enfocarlas en colaborar en actividades que estimulen el periodismo
científico y la comunicación de la ciencia, en
general los científicos prefieren lo primero, porque
lo otro no les da rédito profesional.
En el ambiente
académico, cuanto más avanzan los investigadores
en el grado que tienen, van importando cada vez menos otras
cosas y cobra gran (casi exclusiva) importancia, la producción
científica, o sea, cuál es el tema de investigación,
qué tan original se es, qué tanto se ha investigado,
qué tanta repercusión han tenido sus trabajos,
qué tanto han sido tomados por sus colegas en el mundo,
qué impacto ha tenido en la realidad que lo rodea, etc.
Son las
publicaciones que un científico realiza en revistas arbitradas
las que van a contar para su currículo, a la hora de
poder conseguir méritos para una plaza de trabajo o para
poder conseguir la financiación necesaria para nuevos
proyectos.
“Para
asignar un grado 5 -y esto pasa en cualquier universidad del
mundo- a nadie le van a preguntar si das bien o mal las clases;
lo que va a importar es qué tan creativo y productivo
sos en tus investigaciones. El tema de la divulgación
es algo totalmente secundario”, explica Méndez
Galain.
Hasta ahora,
en los países de Ibero América la divulgación
de los resultados de las investigaciones no han tenido gran
valor para la carrera profesional del científico. Pero
en sociedades como la francesa, por ejemplo, una buena divulgación
puede incluirse en el currículo y puede ejercer efectos
muy positivos para el interesado.
En Uruguay,
a pesar de todo, “como es un país cuya ciencia
precisa tanta divulgación, dentro del medio académico
el hecho de haya una persona que se dedique particularmente
a divulgar, a abrir caminos, en general es bien percibido y
se la considera un aliado. Entonces, a la larga, cuando se toman
las resoluciones para dar un aumento de grado o confirmar al
científico en su cargo, de alguna forma, inconscientemente,
eso pesa. Igual, es obvio que las estructuras académicas
no están premiando, o considerando, como deberían
a la divulgación de la ciencia”, dice Méndez
Galain.
Otro factor
que desalienta las iniciativas de comunicación por parte
de los científicos, son los propios colegas, que algunas
veces ven con malos ojos la pérdida de tiempo que implica
la divulgación.
Existe un
tabú en la cultura de la ciencia sobre la publicidad
por cuenta propia. Existe un tabú en algunas áreas
de la ciencia sobre cualquier cosa que no sea la investigación
“pura”, mejor cuanto más esotérica
y más lejos de las consideraciones prácticas.
Y existe un tabú en la cultura de la ciencia que prohíbe
simplificar ese trabajo exquisitamente esotérico hasta
el punto de hacerlo comprensible al pueblo llano (Finn, 1998).
Es curioso
constatar cómo un erróneo sentido del prestigio
de la ciencia idealizada hace que personas tan brillantes en
las difíciles tareas de la divulgación científica
como, por ejemplo, Isaac Asimov o Carl Sagan, puedan haber sido
injustamente infravaloradas por el establishment científico.
No se les perdona que hayan abandonado los caminos de la ciencia
por la deformación que, a ojos de algunos intransigentes
fundamentalistas, pueda representar la divulgación científica
(Barceló, 1998).
Uno de los
casos emblemáticos, que es permanentemente citado en
la literatura sobre periodismo científico y divulgación
científica, es el del extinto astrónomo Carl Sagan,
quien decidió llevar adelante una serie televisiva de
divulgación científica denominada “Cosmos”,
en la cual explicaba conceptos muy complejos, como el nacimiento
de las estrellas o la evolución de un sistema planetario,
de modo que el público lo entendiera. La eficiencia de
su narración lo convirtió en el relato científico
de mayor éxito que se haya hecho en televisión.
Sin embargo,
cuando Sagan hizo aquella serie fue muy criticado por algunos
de sus colegas, porque sentían que el astrónomo
invertía demasiado tiempo divulgando en vez de hacer
investigación.
Aunque a
regañadientes, en todo el mundo la comunidad científica
comienza a aceptar las iniciativas de comunicación de
los investigadores, al ir llegando poco a poco a la convicción
que la ciencia, para la sociedad, exige una divulgación
atractiva pero seria.
Paullier
cuenta que, hace ocho años, cuando empezó con
su programa de televisión, le costaba mucho llevar a
los profesionales -científicos, médicos, ingenieros-,
porque encontraba prejuicios, miedos y resistencia. “¿Qué
van a pensar mis colegas?”, le decían. Hoy la situación
es inversa, “e incluso hay muchísimos profesionales
que me llaman a la producción del programa para contarme
sobre trabajos que han realizado, o congresos a los que han
asistido, y que los quieren divulgar”, asegura el periodista.
Así,
actualmente se vive un proceso de cambio, de concientización,
también de parte de la comunidad científica, respecto
a la necesidad de informar al público. Pero, dice Costa,
si bien las iniciativas de divulgación pueden llegar
a ser respetadas, generalmente no reciben ningún apoyo.
NOTAS AL
PIE
[1] El nuevo
edificio de la facultad de Ciencias fue inaugurado en julio
de 2000, y requirió un costo total de 13,7 millones de
dólares, que fue financiado principalmente por el Banco
Interamericano de Desarrollo (BID) y contó con una financiación
inicial del Fondo de la Cuenca del Plata. |