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Periodismo Científico en Uruguay - Capítulo 6
 

Capítulo 6:

Los científicos:
Entre la desconfianza y el interés por comunicar

 

“Casi todos los científicos han tenido

una mala experiencia con la prensa.”

 

Ramón Méndez Galain,

Investigador

 

Ya lo aclara Clavo Hernando: “en cuanto a formación, estamos muy mal, no sólo en nuestros países, sino en casi todo el mundo”. Para las organizaciones de divulgadores de la ciencia y periodistas científicos, el problema más importante del periodismo científico en el mundo es la formación de profesionales en este campo, y así lo reconoció la Primera Conferencia Mundial de Periodistas Científicos (Tokio, 1992).

En Uruguay, la mayoría de los periodistas que cubren ciencia afirma que, a pesar de la complejidad del área, no es esencial contar con formación específica en ciencias para realizar bien su trabajo. Sin embargo, en la comunidad científica, no faltan los investigadores que señalan precisamente esta carencia en el periodismo uruguayo, y muchos de ellos aseguran tener malas experiencias para contar, a partir de las cuales, dicen, se ha incrementado su desconfianza hacia los comunicadores, o al menos los ha puesto en alerta ante posibles futuros errores.

 

La desconfianza

La escasa formación en ciencias del periodismo uruguayo, asegura Stoll, “es uno de los factores más negativos que tenemos en este momento para la comunicación de temas científicos. Hay un déficit muy grande de gente formada para realizar este trabajo, y seguramente ello esté frenando el desarrollo de esa área periodística en el país. Yo creo que son pocos los periodistas que saben, por ejemplo, lo que es el ADN”.

Además, continúa Stoll, “se ha alterado la relación entre muchos sectores académicos y el periodismo, porque sucede que un periodista de cualquier área es asignado a temas científicos, y entonces uno tiene que andarse cuidando de lo que después va a salir publicado, no por mala intención del comunicador, sino por falta de formación, de comprensión de la temática, de lo que está ocurriendo en nuestra comunidad científica y tecnológica, que existe aunque parece que no existiera”.

Y agrega que “todos los que hemos sido entrevistados tenemos mucho temor respecto a cuál va a ser el mensaje final, porque los periodistas deforman terriblemente la información debido a una desesperada necesidad de vulgarizar los temas, de sacarles seriedad, que hace que terminen siendo horribles; casi diría que lo que se publica son caricaturas del trabajo que el científico hace”.

Stoll recuerda un caso en el que, junto a otros colegas, fue entrevistado un periodista de un semanario, quien luego publicó una información errónea, “un disparate”, dice. Aquél se trataba de un grupo de investigación que en ese momento emprendía una nueva actividad, y el artículo en cuestión generó la recepción de una serie de cartas en donde la comunidad científica les exigía explicaciones al respecto. Todo el problema suscitado por la publicación, sin embargo, no trascendió en los medios.

A partir de entonces, Stoll, junto con su grupo de investigación, decidió tener más cuidado con la prensa y desde ese momento comenzó a exigir la posibilidad de revisar, de “corregir” las notas, dice, antes de su publicación. “Pero ha pasado tiempo desde entonces y quizás hoy algunos periodistas son más confiables, no por contar con formación específica en ciencias, sino porque se han formado con la práctica”, reconoce.

Los profesionales del ambiente científico uruguayo le tienen desconfianza al periodista, porque piensan que tiene una mala formación en el área, y que probablemente salgan muy mal parados si le conceden entrevistas y acceden a brindarle información.

Los investigadores piensan que van a publicarse errores, conceptos malinterpretados, que va a cortarse la información donde no debe cortarse, o a sacarse de contexto las cosas. Sorhuet cuenta que muchos de los científicos que conoce le han confesado una “gran desconfianza” hacia los periodistas ante lo que se pueda publicar y, sobre todo, ante el hecho de que los errores, cuando son rectificados por los medios, igual no tienen el mismo efecto que tuvo la información inicial.

El periodista de televisión Paullier cuenta el caso de un científico que, luego de concluida la entrevista, le confesó: “no me gusta la televisión; acepto muy a regañadientes un reportaje en los medios, porque la mayoría de los periodistas que me entrevistan no tienen idea de lo que están hablando, y no me siento cómodo con eso”.

Por su parte, Lessa recuerda que, si bien en general durante su práctica periodística se ha encontrado siempre con científicos que tienen una gran avidez por divulgar lo que hacen, hubo un caso en el que sintió una gran desconfianza. “Había entrevistado a un investigador, y cuando ya tenía el documental terminado, me llamó por teléfono a mi casa para decirme que, luego de pensarlo, se había dado cuenta de que su materia era muy difícil y que no creía que en un documental se pudiera transmitir bien a la gente qué era lo que él hacía. Pero lo convencí de lo contrario, se emitió el programa y salió muy bien”.

Asimismo, Lessa comenta que, si bien su experiencia haciendo periodismo científico en televisión ha sido muy positiva, reconoce que en algunos científicos existe ese prejuicio de pensar que el periodista no sabe y que va a publicar cualquier cosa; sobre todo le tienen pánico a que los títulos vayan a desfigurar la información. Pero esa desconfianza, dice, “por mejor trato que se tenga con los científicos, en el fondo siempre debe de existir”.

          

Interés por comunicar

Sin embargo, hay una idea generalizada de que, a pesar de la desconfianza, el mundo científico uruguayo es abierto a los medios de comunicación y está “ávido de divulgar, porque siempre predomina la necesidad que tienen los investigadores de que se los reconozca”, como sostiene Lessa.

Cuando empecé con mi programa de televisión, tenía el temor de que en ciertos ámbitos científicos pudiera haber cierta aprensión a abrirse y a mostrar lo que se estaba haciendo. Pero no fue así; todo lo contrario. Encontré una especie de conciencia generalizada entre los investigadores, acerca de la necesidad de comunicar”, explica.

Este fenómeno, que mezcla la desconfianza de los científicos, sus ganas y su necesidad de comunicar, es señalado por Nelkin (1990), quien, refiriéndose a los Estados Unidos, sostiene que “los científicos han estado buscando la cobertura de los medios y empeñándose en las relaciones públicas para conseguirla; no obstante, desconfían de los periodistas y critican la información. Se quejan de que es descuidada, sensacionalista, sesgada y fomenta las actitudes en contra de la ciencia. En la misma medida en que la información sobre la ciencia ha aumentado, lo han hecho las quejas de los científicos”.

Pero el verdadero gran problema, que todos, tanto científicos como periodistas, señalan sin vacilar, es el de los periodistas que cubren ciencia ocasionalmente, es decir, aquellos que deben cubrir cualquier tipo de temas.

Si bien podría darse el caso de periodistas que fueran científicos, y que por tanto entendieran las investigaciones tan bien como sus colegas, esto no ocurre en Uruguay. Hay sí periodistas que, si bien no tienen ninguna preparación científica, pueden entender perfectamente de qué habla un investigador debido a que tienen cierta experiencia en el área.

Sin embargo, en muchos casos las informaciones sobre ciencia que aparecen en los medios están elaboradas por periodistas que cubren informaciones generales. Ésta es una realidad muy frecuente en los medios de comunicación uruguayos, como se vio en el capítulo anterior, debido a la crisis que atraviesa el país, que hace que los recursos sean muy reducidos y casi impensable la idea de contar con periodistas especializados para ciertas áreas.

 

Aprendiendo a convivir

Si bien es cierto, como dice Méndez Galain, que “casi todos los científicos han tenido una mala experiencia con la prensa”, también es verdad que muchos de ellos aún no han comprendido que el trabajo del periodista es simplificar. Cuando un periodista reduce meses, e incluso años de investigación científica en un artículo de media página, o una nota de tres minutos, es obvio que siempre se va a haber perdido algún matiz de la información.

Sin embargo, no es extraño escuchar reclamos, por parte de científicos, de una mayor formación y profesionalización general del periodismo, argumentando que se está “teniendo dificultades a la hora de tratar de explicar lo que estamos haciendo y lograr que se recoja de forma estricta lo que uno quiere transmitir”, dice Alberto Majó.

Recuerdo el caso de un científico que, muy molesto, se refería a los errores que frecuentemente cometían los periodistas con las informaciones que él proporcionaba y que le ocasionaban grandes dolores de cabeza. Se refirió especialmente a una equivocación cometida en un artículo de prensa, que le había traído serios problemas con sus colegas. Cuando le pedí que me lo explicara, extrajo la nota que tenía prolijamente guardada en uno de los cajones de su escritorio y permaneció los siguientes 10 o 15 minutos tratando de localizar la supuesta aberración cometida por el periodista, escaneando el artículo una y otra vez con la vista, hasta que por fin se dio por vencido. “Ahora no lo encuentro, pero sé que había un error”, me dijo.

El problema que queda evidenciado aquí es la poca experiencia que tienen los científicos uruguayos en el contacto con los periodistas y los medios de comunicación. La comunidad científica del país, como se dijo en el capítulo 3, es relativamente joven. Renació en el año 1985, luego de finalizada la última dictadura militar, pero recién empezó a conformarse como tal a comienzos de los 90.

Y, como lo asegura Robert Finn (1998) el miedo a las entrevistas y a los periodistas se da especialmente en los científicos que no tienen mucha experiencia en el trato con los medios de comunicación.

Los políticos y los economistas, desde que se inició el país han tenido siempre a su lado la figura del periodista, preguntándoles una y otra vez; ellos están acostumbrados y ya saben cómo es el relacionamiento con la prensa. En cambio, el científico uruguayo ha tenido muy poco tiempo de interacción con los periodistas, y por eso no entiende en qué consiste el trabajo del periodista ni está tranquilo con lo que ellos puedan hacer”, explica Daniela Hirschfeld.

Hoy, en todo el mundo, la creciente popularización de los medios, junto con la introducción de las nuevas tecnologías de la información, están haciendo cambiar las cosas. Los periodistas conocen mejor el trabajo científico y los investigadores se van adentrando en los requerimientos y exigencias de la información al público.

Y parece que unos y otros empiezan a convertirse en piezas de una nueva y compleja sociedad basada en el conocimiento y en la comunicación, lo que llevará no sólo a acortar las distancias y suavizar los malentendidos, sino a encontrarse inmersos en una tarea común (Calvo Hernando, 1997).

Pero aún antes de llegar a este ideal, la transformación de la ciencia en noticia está haciendo cambiar la relación entre los profesionales de la ciencia y de la comunicación. Las sociedades científicas y profesionales empiezan a sensibilizarse ante la comprensión pública de la ciencia, conceden premios a los periodistas y estimulan a los investigadores que promueven temas científicos en los medios informativos.

Tal es el caso de la Academia Nacional de Medicina y Roche Internacional, los cuales en 2001 resolvieron estimular la buena cobertura periodística de los temas referidos a la salud, la medicina y la farmacología, creando el premio “Rodolfo Tálice”, en nombre del médico que fuese presidente de la Academia en el período 1992-1993, y divulgador científico pionero en la utilización de los medios de comunicación para la comunicación de la ciencia en Uruguay. 

Aunque de forma muy tímida, en nuestro país comienza a percibirse ese cambio del que habla Calvo Hernando. Luego de finalizada la entrevista con un investigador, éste, no sin asombro, relató: “Me acuerdo de que, hace unos años, si venía un periodista a esta facultad, todos salíamos corriendo. Nadie se animaba a hablar con la prensa, porque no teníamos idea de cómo hacerlo, ni tampoco qué podía pasar”.

También Fernando Costa tiene recuerdos de “una época en que había mucha reticencia de los científicos a recibir a los periodistas, porque siempre se entendió que los periodistas tergiversan la información, publican cosas que no se les dijo, o que no se les dijo exactamente, le cambian el sentido a las palabras del investigador y luego éste recibe las burlas de todos sus colegas. Hoy todavía no hay completa confianza en que el periodista vaya a poner exactamente lo que el científico quiere, pero éste tampoco es consciente de que el trabajo del periodista es simplificar”. 

A pesar de cierto descontento, los científicos comienzan entender cada vez más la importancia de comunicar y difundir su trabajo, y a medida que los contactos con el periodismo se hacen más frecuentes, se empieza a considerar a estos comunicadores como “profesionales con una muy fuerte vocación en temas científicos, que están haciendo un esfuerzo personal muy grande para completar su formación en el área, y asumiendo con interés y responsabilidad la tarea de informar al ciudadano sobre el quehacer científico, el avance de la ciencia y la tecnología, a nivel nacional e internacional”, sostiene el decano de Ciencias.

Se habla, también, de “nuevas generaciones de periodistas con un mayor profesionalismo y mayor preocupación por los temas científicos y por formarse adecuadamente para cubrirlos”, como lo describe Alberto Majó.

 

Diferencias que complican la interacción

Otro de los problemas que han entorpecido el relacionamiento entre científicos y periodistas reside en uno de los pilares de estas dos profesiones. Cuando un investigador envía un artículo para ser publicado en una revista especializada, éste le es devuelto previamente con correcciones y sugerencias para que siempre sea el propio autor quien tenga la última palabra acerca de cómo será el trabajo.

Es esa misma posibilidad de decisión la que han venido reclamando los científicos ante los medios de comunicación. “Debería ser así, que el investigador, o cualquier entrevistado, pueda leer antes lo que se va a publicar, porque allí se está poniendo su nombre”, expresa Ferreira (Haro, 2001). 

Sin embargo, esa forma de proceder choca frontalmente con el profesionalismo periodístico. “Nosotros recurrimos a las fuentes y ellas tienen que confiar en nuestra capacidad y en lo que escribimos. Si la nota es demasiado técnica o específica, podemos pedirle al científico que nos aclare algún concepto, pero el investigador nunca nos revisa los artículos. Como profesionales serios, no nos interesa divulgar errores, así que podemos volver mil veces al científico para repreguntarle, pero no para que nos corrija la nota”, explica Canoura (Haro, 2001).

Dice el biólogo Sanguinetti: “la mayoría de los periodistas no permite que uno le corrija la nota, y eso a mí no me cierra del todo. Ellos se piensan que uno se la pide para que no publiquen nada malo, pero es simplemente para que no se cometan errores”.

Con frecuencia los científicos tratan de controlar la información de la prensa, rechazando las entrevistas, a menos que puedan revisarlas y corregirlas antes de su publicación. Los periodistas, temiendo la censura derivada de intereses personales, se resisten a mostrar sus artículos a las fuentes de información, aunque a menudo confirman con ellas la exactitud de los detalles.

Pero “los científicos son a los periodistas lo que las ratas son a los científicos. ¿Acaso permitirían estos últimos que cuando sacan conclusiones sobre el comportamiento de sus sujetos, estos opinaran sobre ellas?”, cuestiona el periodista científico estadounidense Víctor Cohn (en Nelkin, 1990, p123).

Por otra parte, los científicos y los periodistas no suelen coincidir en su criterio de qué es noticia. En la comunidad de investigación los resultados son fidedignos y posteriormente de interés periodístico, sólo después de haber recibido la sanción de los compañeros profesionales. Los hallazgos de la investigación son provisionales y por ello no publicables por la prensa hasta que la aprobación de los colegas les concedan un lugar en la estructura del conocimiento. Para los periodistas, en cambio, el interés reside en lo nuevo y espectacular, aunque se trata de una investigación provisional e incluso errónea (Nelkin en Calvo Hernando, 1997).

Otro conflicto entre los científicos y los periodistas se genera por las diferentes concepciones sobre las formas adecuadas de comunicación. Lo que los ojos del periodista suponen inteligibilidad, puede ser para el científico simplificación excesiva. “A mí no me importa que al científico le parezca mal mi simplificación, sino que esa simplificación sea correcta y que la gente entienda lo que estoy comunicándole”, argumenta Canoura.

Una última gran diferencia que señalaré, es la de los tiempos. Los tiempos de un investigador no coinciden con los de un periodista. Muchas veces el periodista se ve en la disyuntiva de tener que producir un material con pocas horas y se encuentra con el problema de que las fuentes científicas no están disponibles. “Los científicos están sujetos a funcionamientos jerárquicos, y para hablar a veces necesitan autorización de sus superiores, la cual generalmente no llega dentro de los plazos que los periodistas tenemos para publicar la información. Siempre la pregunta es: `¿para cuándo lo precisan?´, y nuestra respuesta es siempre, o casi siempre, la misma: `para ayer´”, dice Canoura.