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“Sólo
el periodista bien informado y adiestrado
puede
contestar adecuadamente sobre el cumplimiento
diario
de las espléndidas promesas de la ciencia, que están
llamando
la atención de todos los seres humanos con la
misma
fuerza con que la luz del sol hiere nuestros ojos.”.
Arístides
Bastidas
Periodista
venezolano
Por extensión
a la idea de que la ciencia es una elevada tarea intelectual
practicada por sabios, puede creerse lo mismo del periodismo
científico. Sin embargo, “el periodista científico
no es un sabiondo sino un profesional de la información
que pone el ropaje común de todos los días al
oscuro y ahuyentador lenguaje que usan los científicos”
(en Periodismo Científico, Nº38, 2001), según
sostenía el ya fallecido periodista científico
venezolano Artístides Bastidas.
En periodismo,
ningún tema es demasiado difícil, dice Richard
Flaste, ex editor científico del The New York Times (Flaste,
1992). El hecho de que el tema más difícil posible
no se entienda, no es un fallo del lector, sino del comunicador.
Todo periodista que se presente como muy inteligente a costa
del lector, es un periodista fracasado; ningún lector
debe nunca abandonar la lectura de un artículo científico
sintiéndose un idiota.
Por su parte,
Calvo Hernando (entrevista en Clarín, 2000), también
reconoce que el periodismo científico “no es tan
difícil como parece”, aunque sí cree que
es una actividad exigente, porque decodificar el mensaje de
los científicos es complicado, dado que la ciencia, por
su multiplicación fabulosa y por la creación necesaria
de un lenguaje propio de cada disciplina, trae implícito
un problema para su comunicación. “A la ciencia
no debemos tenerle miedo, pero sí respeto”, sostiene.
Además
de los inherentes a la profesión, los periodistas científicos
sufren otro condicionamiento adicional: el de tener que asimilar
y simplificar gran cantidad de material que a veces es extremadamente
complicado. La explosión informativa hace que, aun teniendo
formación científica, los periodistas no puedan
mantenerse al día con los últimos pormenores de
las diversas especialidades (Nelkin, 1990).
Las comparaciones
del periodismo científico con otras áreas surgen
inevitablemente. Es que “detrás de la elaboración
de una noticia científica, hay mucha carga horaria, mucho
estudio y preparación; se requiere mayor idoneidad y
conocimiento”, sostiene Paullier.
Es verdad
que la preparación es importante para cualquier área
periodística, continúa Paullier, pero “uno
requiere otro blindaje, un mayor bagaje de información,
si va a entrevistar a un científico, que si va a entrevistar
a un político o un jugador de fútbol. Soy muy
respetuoso de mis colegas y sé que todas las especialidades
del periodismo necesitan preparación, porque todas tienen
sus complejidades, pero la más compleja de todas es el
periodismo científico. Uruguay es un país en el
que el periodismo improvisa mucho, en todas las áreas;
pero en la ciencia no se puede improvisar, porque se hacen desastres”.
Otros periodistas
coinciden en que “es mucho más fácil acercarle
un micrófono a un ministro o al presidente, recoger los
mismos comentarios de siempre de los jugadores de fútbol
cuando terminan los partidos, cubrir un policial, escribir sobre
el presupuesto de Antel, o sobre los problemas sociales de la
pobreza. No digo que estos temas no sean importantes, pero la
ciencia requiere que se le dedique más tiempo”,
sostiene Varela.
Hay quienes
aseguran que no es la práctica en sí misma del
periodismo científico lo que resulta tanto más
exigente, sino el hecho de que, a diferencia de otras especialidades
periodísticas, generalmente está asociado a hechos
complejos, inciertos y a menudo de lenta evolución (Nelkin,
1990).
Es decir,
que la parte que es noticia no es difícil de armar. Lo
que es difícil de atrapar y simplificar es el mecanismo
por el cual algo funciona. ¿De qué manera actúa
la píldora anticonceptiva? ¿Cómo se mide
la velocidad a la que se expande el universo? (Nelkin, 1990).
La complejidad
técnica de la ciencia agrava los problemas usuales referentes
a la exactitud de la información, un tema extremadamente
importante dentro del sistema de valores de la prensa. La necesidad
de ser más rigurosos es lo que, para algunos periodistas,
diferencia al periodismo científico de otras áreas.
“La
ciencia exige un poco más al periodista, porque si no
se es riguroso, siempre se puede estar errándole e incluso
poniendo lo opuesto a los hechos. Todas las áreas tienen
sus complejidades, pero ésta necesita mucho más
rigor, mayores cuidados, sobre todo porque uno va a escribir
sobre terminología que no conoce, o conoce muy poco”,
dice Rosario Touriño, periodista de Salud del diario
El País.
El miedo
a la complejidad del conocimiento científico, que hace
que muchos periodistas prefieran “no meterse” con
los temas de ciencia, como se vio en el capítulo anterior,
para algunos es una consecuencia de que en Uruguay la mayoría
de los periodistas no tengan formación académica
en comunicaciones.
“Eso
es la clave”, sostiene Hernán Sorhuet. “La
formación vence las inseguridades, te hace saber que
tu tarea como comunicador no te obliga a ser un especialista
en el tema para poder realizar una buena cobertura del mismo,
y que si uno es un buen comunicador, entonces ya tiene las herramientas
para hacer un buen trabajo periodístico”, afirma.
De igual
forma, Touriño piensa que un periodista que cubra ciencia
debe tener cuando menos una formación universitaria en
periodismo, para que adquiera el rigor de investigar, que conozca
la metodología científica[1], cuáles son
los pasos de una investigación.
“Alguien
que no tuvo esa formación, sino que estuvo toda la vida
yendo al Parlamento a escuchar a los políticos, no tiene
ni idea de cómo se presenta un proyecto de investigación,
qué es la comunidad internacional, etc. Claro, a menos
que sea un autodidacta y lea mucho sobre ciencia, pero eso es
algo que generalmente no ocurre”, agrega.
Importancia
de la formación
Además
de la importancia de la formación en comunicaciones,
necesaria, dice Sorhuet, para perder los miedos y prejuicios
en torno a la dificultad de lo científico, y para tomar
conciencia de que sí es un área exigente, por
el extraordinario avance del caudal de información, también
se ha mencionado en capítulos anteriores la importancia
de la formación en ciencias de los periodistas, para
que estos se den cuenta de la relevancia que tienen hoy la ciencia
y la tecnología en la vida cotidiana de las personas,
y, por tanto, para que se den cuenta de lo necesario que se
vuelve que una sociedad esté informada sobre esos temas,
para que pueda opinar y ejercer sus derechos de forma plena.
Me referiré
ahora nuevamente a la necesidad de la formación en ciencias
de un periodista que cubre esa área, pero esta vez desde
el punto de vista de la importancia que tiene para el relacionamiento
con las fuentes científicas, su acceso a ellas y la comprensión
de las informaciones que de ellas obtiene.
A menudo
los errores que aparecen en la prensa no derivan tanto de la
transcripción descuidada de los detalles como de las
inevitables distorsiones que se producen al trasladar la complicada
terminología técnica al lenguaje llano. Los medios
de todo el mundo han producido su propia cosecha de desaciertos.
Se ha repetido una y otra vez que la Amazonia es el pulmón
de la Tierra, cuando el balance de la producción de oxígeno
y anhídrido carbónico es cero, ocultando su verdadera
función como sumidero; y se ha denominado “agujero”
de la capa de ozono a una disminución del espesor de
este gas (Arnella, 2001).
Otro ejemplo
muy clarificador de la importancia de la formación de
un periodista científico, es el que cita Calvo Hernando
(1997). En 1991, tomada de la revista Nature, una prestigiosa
agencia internacional de noticias envió, en pleno auge
de la preocupación popular en muchos países por
la epidemia de cólera, una noticia sobre el descubrimiento
de la estructura química de “la toxina del virus
del cólera”.
La información
hablaba de virus, aunque el causante del cólera es una
bacteria. El error partió del comunicado de Londres,
pasó a través de diversos filtros, y cuando llegó
a una capital latinoamericana, donde la agencia tiene la cabecera
de su servicio en español, un primer editor lo dejó
pasar y sólo horas más tarde otro lo descubrió
y corrigió sustituyendo el término “virus”
errado por el correcto de “bacteria”.
Dos de los
grandes diarios de la ciudad salieron con “bacteria”,
pero otro no menos importante, quizá porque la edición
salió antes, se quedó con “virus”.
También al The New York Times, al publicar la noticia
de la agencia, se le coló la palabra “virus”.
El problema que plantea este caso, dice Calvo Hernando, es la
doble necesidad de especialización y de formación
de los periodistas que cubren ciencias. Cabría preguntarse
si un periodista no especializado está en condiciones
de distinguir entre una bacteria y un virus, y si un periodista
no formado puede hacer frente a la exigencia de la complejidad
creciente de la ciencia en el mundo actual.
Por otra
parte, hay quienes sostienen que, para ser un buen periodista
científico, lo importante no es convertirse en una enciclopedia
viviente, sino saber cómo preguntar, cómo explicar,
cómo narrar las noticias en ciencia, cómo hacerlas
interesantes sin traicionar su naturaleza. Pero, más
que nada, se habla de que hay un conocimiento fundamental que
debe poseer todo periodista que cubra ciencia: saber cómo
se produce el conocimiento científico (tema al cual dediqué
la primera parte del capítulo 3).
Muy a menudo
los medios presentan la ciencia de forma alarmista y confusa.
Con frecuencia, los periodistas no han entendido correctamente
el objetivo de una investigación. Algunas veces toman
conclusiones parciales de estudios parciales y presentan esos
resultados mediocres como que pudieran revolucionar todo lo
que se hemos aprendido o conocido hasta ahora, en lugar de presentárnoslo
como una etapa más en el largo camino hasta el final
(Flaste, 1992).
“Muchas
veces se publica que ´los científicos descubrieron
tal cosa´, pero es necesario saber bien quiénes
son esos científicos, qué descubrieron, bajo qué
condiciones se hicieron los experimentos y muchas otras cosas,
porque a veces ese supuesto hallazgo sólo se trata del
resultado del trabajo de un solo grupo, de una sola institución,
y ocurre que a los dos meses el resto de la comunidad científica
desarma eso, lo refuta, y entonces resultó ser una noticia
que no era noticia”, explica Patricia Linn.
En mayo
de 1999, por ejemplo, la Universidad de Cornell, en Estados
Unidos, emitió un comunicado de prensa mediante el cual
afirmaba que el polen del maíz transgénico ampliamente
sembrado en el país, podía matar a la mariposa
de tipo monarca. Se había realizado un experimento en
condiciones de laboratorio, donde se había expuesto a
las orugas a gran cantidad de polen de maíz transgénico,
con un resultado de un 60% de muertes, mientras que las del
grupo que no habían ingerido ese alimento, murieron en
un porcentaje del 30%.
La investigación
salió a la prensa de todo el mundo, con titulares como
“Maíz modificado mataría a insectos”,
alertándose sobre la posibilidad de la extinción
de las mariposas y reavivando la polémica sobre la alteración
de genes en los cultivos.
Científicos
de todas partes criticaron las limitaciones del estudio, señalando
que era una investigación hecha en condiciones de laboratorio.
Se comparó a la misma con un grupo de jóvenes
que van al cine y comen cantidades enromes de pop, quienes seguramente
también terminarán intoxicados, porque es una
situación anormal. Se trataba, entonces, de un solo estudio,
realizado por un solo grupo de investigadores, que recién
se convertiría en conocimiento científico si recibía
el apoyo de toda la comunidad científica.
Por estas
mismas razones, cada año los medios informativos ganan
la guerra contra el cáncer dos o tres veces. En 1998,
una de estas “victorias” fue tema de portada nada
menos que del The New York Times y, en consecuencia, de todos
aquellos medios de comunicación que van a la zaga del
rotativo neoyorquino. Lo curioso del caso, dice Gemma Revuelta
(1998), autora de un artículo que analiza el episodio,
es que detrás de la supuesta novedad no había
más cosa sabida que unas optimistas declaraciones que
debieron ser corregidas a los pocos días.
No se trataba,
aclara, de un pequeño texto en una página de ciencia
del martes; era la portada del domingo. Dos largas columnas
para el tema con el que abría el The New York Times su
edición del domingo 3 de mayo. Gina Kolata, una de las
redactoras científicas senior del prestigioso rotativo
estadounidense, anunciaba en un tono verdaderamente optimista
el éxito obtenido con un nuevo tratamiento que había
conseguido erradicar «todo tipo de cáncer. Y aquí
se añadía la aclaración “en ratones”.
Ocurre que, en el mejor de los casos, menos de un 10% a un 20%
de las sustancias que tienen éxito en ratones, lo tienen
también en seres humanos.
De acuerdo
con Linn, cuando un grupo de investigadores obtiene determinados
resultados en un laboratorio, esos hallazgos deben publicarse,
no en la prensa, sino en revistas especializadas, donde otros
científicos los leen, ven si se pueden generalizar, emiten
sus opiniones y luego, con el tiempo, se llega a un acuerdo
en toda la comunidad científica. “Si en el medio
se metió la prensa a decir que los resultados son definitivos,
entonces no entendió cómo funciona la ciencia”,
dice.
Para un
científico, y para los gerentes y administradores del
conocimiento, la ciencia es la actividad que, basada en el método
científico, recibe la confirmación de los más
eminentes cultivadores de la disciplina de que se trate. El
periodista científico ha de atenerse a este concepto
para considerar que un hecho o una hipótesis puedan ser
calificados de científicos. Para orientarse, debe buscar
en los textos, las enciclopedias, Internet, y, sobre todo, consultar
con los cultivadores de la especialidad que tenga mano, explica
Calvo Hernando.
Todos los
campos de la ciencia tienen en común algunos aspectos
básicos de investigación; una vez que se conocen,
es más fácil abordar cualquiera de estos campos
obteniéndose una mayor satisfacción, dice Flaste
(1992).
Es decir,
cuando se entiende la forma en que funciona el pensamiento científico,
el periodista puede hacer muchas cosas que antes le parecerían
inasequibles, como leer los logros que se presentan en una revista
profesional o discutir el contenido de un artículo de
un periódico porque le proporciona muy pocos datos como
para poder llegar a una conclusión definitiva o porque
es demasiado crédulo con lo que los científicos
afirman.
Importancia
de la especialización
La especialización
de la información es una característica de nuestro
tiempo, y la especialización del periodismo puede ser
una manera de mejorarlo y de adaptarse a las necesidades, actuales
y previsibles, de una demanda cada día más selectiva
y exigente. Es indispensable, no una especialización
en cada una de las disciplinas científicas, que sería
utópico, sino una cultura general que le permita comprender
y asimilar los nuevos conocimientos.
“Esta
especialidad exige un trabajo permanente y abnegado. Contando
con un bagaje cultural, que, por otra parte, hay que complementar
constantemente, el periodista científico –salvo
excepciones- no puede llegar a la plenitud profesional más
que después de muchos años de trabajo. Nunca puede
dejar de leer, de hablar con los científicos, de adquirir
conocimientos, en un enriquecimiento continuado. Si un solo
día deja de leer, se quedará atrás”,
dice Calvo Hernando (1997).
“Un
buen periodista debe preocuparse por tener una especialización,
que debería contar con un componente que fuera información
sobre las disciplinas, información elemental sobre la
comprensión de algunas temáticas. De lo contrario,
la tendencia es a opinar siempre sobre los temas económicos,
éticos o políticos que rodean la ciencia, y no
a informar sobre los temas científicos. Así el
público sigue sin saber una serie de cosas. Es decir,
se entera por el Discovery Channel”, piensa el médico
genetista Mario Stoll, investigador del Laboratorio de Genética
Vascular de la Comisión Honoraria para la Salud Cardiovascular,
y ex investigador de la facultad de Medicina.
“Varias
veces he visto comentar un tema científico en los diarios
nacionales, con conceptos equivocados. Se nota que el periodista
no entendió la información, quizá porque
muchas veces lee el cable que viene de una agencia y pocas veces
se toma el cuidado de verificar si ha comprendido lo que dice”,
recuerda Méndez Galain.
La escasa
formación de los periodistas científicos también
trae aparejado otro problema: el de la pérdida de tiempo.
“Generalmente, el tiempo que uno tiene para hablar del
hallazgo que ha realizado, tiene que dedicarlo a explicar de
qué se está hablando”, explica el médico
investigador Alfonso Cayota, y agrega que “en mi especialidad,
a veces hay elementos básicos de la biología,
que no se aprenden en la universidad sino en secundaria, y los
periodistas no los tienen. Entonces, uno piensa: ¿cómo
van a darles el justo valor a las cosas, si ni siquiera saben
que existen?”.
En el mismo
sentido, Sanguinetti explica que, para un científico
“es mucho más fácil comunicarse con un periodista
que al menos sabe lo que es una molécula de ADN. Lo último
que necesito, al momento de contarle a un periodista cómo
funcionan los productos de mi empresa [de biología molecular],
es tener que empezar explicándole qué es el ADN
y qué es la herencia”.
Formación
y especialización en tiempos de crisis
En países
subdesarrollados como Uruguay, la cuestión de la asignación
de recursos generalmente tiende a ser un problema recurrente
en muchas áreas. Sin embargo, hoy, con cuatro años
seguidos de caída del PBI, cifras récord de desempleo
y tantos otros males asociados, nuestro país atraviesa
una de las crisis económicas más graves de su
historia.
Poco antes
de que comenzara este período de recesión, el
periodismo científico tuvo un “boom”, asegura
Méndez Galain. En ese entonces “hubo muchos gérmenes
que, cuando intentaron germinar, no pudieron hacerlo por problemas
económicos. La situación del país hizo
que esos gérmenes, en lugar de estar germinando, se estén
marchitando. Los medios de comunicación en Uruguay están
pasando por un momento muy complicado, y entonces tomar proyectos
nuevos es difícil, no por falta de interés, sino
por el hecho de que para tener un espacio nuevo, hay que venderlo,
y vender un espacio nuevo es algo muy difícil”.
El físico
señala, entonces, que el escaso desarrollo actual del
periodismo científico en Uruguay tiene que ver con el
hecho de que sean medios muy reducidos los nuestros, que hacen
que el periodista sea una especie de “comodín”,
que cubre una cantidad de temas. “En definitiva, creo
que la crisis económica que viven los medios está
en el centro del asunto”, asegura.
En el mismo
sentido, Lessa coincide en señalar que el hecho de que
esté frenado el desarrollo del periodismo científico
como especialización, mucho más que con otros
factores, tiene que ver con la realidad económica de
los medios. “Con el tamaño actual de las redacciones,
en estas épocas de crisis, es casi impensable especializar
a un periodista en ciencias, cuando ocurre que están
faltando periodistas para cubrir noticias de todos los días.
Y además, hay una falta de responsabilidad, de conciencia
de los medios, respecto a la necesidad de especializar a sus
periodistas; tanto así, que a veces ni siquiera les permiten
asistir a reuniones y seminarios gratuitos, porque no se los
ve como una inversión”.
Un periodista
que cubre ciencia, continúa Lessa, debería tener
un mínimo de conocimiento y especialización, y
eso demuestra que es un área particular. “Es muy
difícil que cubra bien estos temas alguien que está
corriendo 10 horas, que va al Parlamento y después a
cubrir un incendio. Pero con la realidad del Uruguay, va a ser
poco probable que haya alguien que sólo cubra ciencia,
aunque al menos debería haber alguien en las redacciones
que sepa sobre el tema”, agrega.
La situación
económica crítica que atraviesan los medios hace
que se cubran sólo las informaciones más esenciales,
y dentro de lo esencial, han coincidido los periodistas, no
entran los temas científicos. Precisamente, esta concepción
de la ciencia como algo no “esencial”, confirma
la necesidad de continuar este estudio y averiguar sus porqués.
Si se dice
que la ciencia y la tecnología tienen una influencia
creciente y decisiva en nuestra vida cotidiana, y si los medios
de comunicación deben reflejar e informar sobre nuestra
vida cotidiana, parece que el periodismo científico debería
considerarse como una de las “estrellas informativas del
milenio en el que acabamos de entrar”, como dice Calvo
Hernando, y no como un área “no esencial”,
aun en tiempos de crisis.
Iniciativas
de formación de periodistas científicos
Desde hace
algunos años se vienen llevando a cabo en Uruguay diversas
iniciativas que han procurado incitar a la reflexión
sobre el periodismo científico y su situación
en el país, como también brindar cierta formación
a los profesionales que se desempeñan o que tienen interés
en esta actividad. A continuación se presentan algunas
de las más destacadas:
·
“Jornadas de Periodismo Científico”, organizadas
por el Laboratorio Tecnológico del Uruguay (LATU) y el
CONICYT, en septiembre de 1996. Estas jornadas constituyeron
la primera oportunidad de intercambio de opiniones entre periodistas
en actividad, directores de medios, científicos, tecnólogos
y representantes de instituciones relacionadas con la ciencia
y la tecnología.
·
“Conferencia sobre Periodismo Científico”,
realizada en el marco de una conferencia sobre “Gestión,
Innovación y Desarrollo Tecnológico: evaluación
y proyección en Uruguay”, organizada por la CEGETEC-CIU,
en octubre de 1996.
·
“Taller de especialización: Introducción
al Periodismo Científico”, que tuvo lugar en abril
de 2000 en la Facultad de Ciencias, con el apoyo del PEDECIBA,
y fue dictado por Leonardo Moledo, periodista científico
argentino, profesor de Periodismo Científico en la Universidad
de Buenos Aires (UBA), y director del Planetario de Buenos Aires.
El taller
fue dirigido tanto para periodistas, como para científicos
y estudiantes de ciencias, logrando una concurrencia de unos
70 participantes. A partir del mismo, se había creado
un grupo de cinco docentes de la Facultad, interesados en fomentar
esta especialidad periodística, que impulsaría
la realización de nuevos cursos, lo cual no ha sucedido
hasta el momento.
·
“Medicina y medios de comunicación”, debate
propuesto por la Academia Nacional de Medicina como tema uruguayo
de discusión en la XXII Reunión Conjunta de Academias
del Plata, que se llevó a cabo en el año 2000
y del cual participaron médicos y periodistas de salud.
·
“Curso de Periodismo Científico”, organizado
por la Universidad de la República y la Comisión
Sectorial de Investigación Científica (CSIC),
en diciembre de 2001. Fue la primera vez que la Universidad
destinó fondos para realizar un curso de estas características,
el cual estuvo dirigido a profesionales de distintos medios
y a estudiantes de ciencias de la comunicación.
Fue dictado
principalmente por el bioquímico argentino Enrique Belocopitow,
director del Programa de Divulgación Científica
y Técnica del Instituto de Investigaciones Bioquímicas
de la Fundación Campomar. Asimismo, también disertaron
periodistas y científicos que ejercen el periodismo,
y se realizaron varias visitas a las facultades de Ciencias,
Medicina e Ingeniería, al Instituto de Higiene y al observatorio
“Los Molinos”, con la finalidad de que los asistentes
conocieran cómo y en qué trabajan los investigadores
en Uruguay.
·
“Comunicación científica y tecnológica
en los medios masivos: ¿Cuánto falta por hacer?”,
realizado en noviembre de 2002 en el marco del “XI Encuentro
de Medio Ambiente”, organizado por Comisión de
Educación y Comunicación (CEC-Uruguay) de la Unión
Mundial para la Naturaleza (UICN), donde realizaron exposiciones
periodistas científicos, científicos y educadores.
Las
carreras de periodismo
Uruguay
ofrece desde hace muy poco una formación universitaria
para comunicadores, lo cual significa que aún esa área
del conocimiento no ha madurado lo suficiente, si la comparamos
con otras áreas ya existentes hace mucho tiempo.
Es verdad
que las carreras de comunicación y periodismo incluyen
en sus programas la enseñanza de la metodología
de investigación, tanto cualitativa como cuantitativa,
aunque la misma hace principal (y casi exclusivo) énfasis
en las ciencias sociales. No hay materias específicas
sobre periodismo científico ni tampoco materias que enseñen
conocimientos generales sobre ciencia.
No obstante,
está en estudio en estos momentos un proyecto para la
reforma de la Universidad de la República, del cual podrían
surgir oportunidades de formación para periodistas científicos.
El número
de estudiantes universitarios que existe en Uruguay asciende
a unos 65 o 70 mil inscriptos, y todo indica que las cifras
van a aumentar, siguiendo con la tendencia de las últimas
décadas. Según explica el decano de Ciencias,
el país no está preparado para asumir ese crecimiento.
La oferta
de enseñanza superior no es suficiente; se está
dando una “masificación” de los cursos, y
por tanto ha surgido la idea de crear muchas más propuestas,
no necesariamente universitarias, como por ejemplo ciclos de
formación general en ciencias o humanidades, de dos años
de duración, que permitan luego conducir a un diploma,
pero procurando evitar la deserción que se produce en
los primeros años.
“Seguimos
siendo un país muy conservador en lo que refiere a la
formación superior. Si bien ya no tenemos la decena o
docena de carreras clásicas, siguen siendo las de mayor
reconocimiento y las que más siguen convocando estudiantes.
Queremos proponer una diversificación de las carreras,
dentro de las cuales podría caber perfectamente la formación
de un nuevo tipo de comunicador especializado en temas científicos”,
dice Ehrlich.
En otros
países la formación universitaria de periodistas
científicos es una realidad desde hace tiempo, incluso
en nuestros vecinos, Argentina y Brasil. No obstante, Calvo
Hernando (2002) advierte sobre el hecho de que no son tantos
los centros educativos que brindan estas carreras. Ello le hace
temer, dice, la posibilidad, o realidad, de que las facultades
no estén preparando periodistas para el siglo XXI, sino
para el siglo XIX.
NOTAS
AL PIE
[1] En nuestro
país las carreras de comunicación y periodismo
incluyen en sus programas la enseñanza de la metodología
de investigación, tanto cualitativa como cuantitativa,
aunque la misma hace principal (y casi exclusivo) énfasis
en las ciencias sociales. No hay materias específicas
sobre periodismo científico ni tampoco materias que enseñen
conocimientos generales sobre ciencia. |