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Periodismo Científico en Uruguay - Capítulo 5
 

Capítulo 5:

La exigencia y la importancia de la formación

 

“Sólo el periodista bien informado y adiestrado
puede contestar adecuadamente sobre el cumplimiento
diario de las espléndidas promesas de la ciencia, que están
llamando la atención de todos los seres humanos con la
misma fuerza con que la luz del sol hiere nuestros ojos.”.

Arístides Bastidas
Periodista venezolano

Por extensión a la idea de que la ciencia es una elevada tarea intelectual practicada por sabios, puede creerse lo mismo del periodismo científico. Sin embargo, “el periodista científico no es un sabiondo sino un profesional de la información que pone el ropaje común de todos los días al oscuro y ahuyentador lenguaje que usan los científicos” (en Periodismo Científico, Nº38, 2001), según sostenía el ya fallecido periodista científico venezolano Artístides Bastidas.

En periodismo, ningún tema es demasiado difícil, dice Richard Flaste, ex editor científico del The New York Times (Flaste, 1992). El hecho de que el tema más difícil posible no se entienda, no es un fallo del lector, sino del comunicador. Todo periodista que se presente como muy inteligente a costa del lector, es un periodista fracasado; ningún lector debe nunca abandonar la lectura de un artículo científico sintiéndose un idiota.

Por su parte, Calvo Hernando (entrevista en Clarín, 2000), también reconoce que el periodismo científico “no es tan difícil como parece”, aunque sí cree que es una actividad exigente, porque decodificar el mensaje de los científicos es complicado, dado que la ciencia, por su multiplicación fabulosa y por la creación necesaria de un lenguaje propio de cada disciplina, trae implícito un problema para su comunicación. “A la ciencia no debemos tenerle miedo, pero sí respeto”, sostiene.

Además de los inherentes a la profesión, los periodistas científicos sufren otro condicionamiento adicional: el de tener que asimilar y simplificar gran cantidad de material que a veces es extremadamente complicado. La explosión informativa hace que, aun teniendo formación científica, los periodistas no puedan mantenerse al día con los últimos pormenores de las diversas especialidades (Nelkin, 1990).

Las comparaciones del periodismo científico con otras áreas surgen inevitablemente. Es que “detrás de la elaboración de una noticia científica, hay mucha carga horaria, mucho estudio y preparación; se requiere mayor idoneidad y conocimiento”, sostiene Paullier.

Es verdad que la preparación es importante para cualquier área periodística, continúa Paullier, pero “uno requiere otro blindaje, un mayor bagaje de información, si va a entrevistar a un científico, que si va a entrevistar a un político o un jugador de fútbol. Soy muy respetuoso de mis colegas y sé que todas las especialidades del periodismo necesitan preparación, porque todas tienen sus complejidades, pero la más compleja de todas es el periodismo científico. Uruguay es un país en el que el periodismo improvisa mucho, en todas las áreas; pero en la ciencia no se puede improvisar, porque se hacen desastres”.

Otros periodistas coinciden en que “es mucho más fácil acercarle un micrófono a un ministro o al presidente, recoger los mismos comentarios de siempre de los jugadores de fútbol cuando terminan los partidos, cubrir un policial, escribir sobre el presupuesto de Antel, o sobre los problemas sociales de la pobreza. No digo que estos temas no sean importantes, pero la ciencia requiere que se le dedique más tiempo”, sostiene Varela.

Hay quienes aseguran que no es la práctica en sí misma del periodismo científico lo que resulta tanto más exigente, sino el hecho de que, a diferencia de otras especialidades periodísticas, generalmente está asociado a hechos complejos, inciertos y a menudo de lenta evolución (Nelkin, 1990).

Es decir, que la parte que es noticia no es difícil de armar. Lo que es difícil de atrapar y simplificar es el mecanismo por el cual algo funciona. ¿De qué manera actúa la píldora anticonceptiva? ¿Cómo se mide la velocidad a la que se expande el universo? (Nelkin, 1990).

La complejidad técnica de la ciencia agrava los problemas usuales referentes a la exactitud de la información, un tema extremadamente importante dentro del sistema de valores de la prensa. La necesidad de ser más rigurosos es lo que, para algunos periodistas, diferencia al periodismo científico de otras áreas.

“La ciencia exige un poco más al periodista, porque si no se es riguroso, siempre se puede estar errándole e incluso poniendo lo opuesto a los hechos. Todas las áreas tienen sus complejidades, pero ésta necesita mucho más rigor, mayores cuidados, sobre todo porque uno va a escribir sobre terminología que no conoce, o conoce muy poco”, dice Rosario Touriño, periodista de Salud del diario El País.

El miedo a la complejidad del conocimiento científico, que hace que muchos periodistas prefieran “no meterse” con los temas de ciencia, como se vio en el capítulo anterior, para algunos es una consecuencia de que en Uruguay la mayoría de los periodistas no tengan formación académica en comunicaciones.

“Eso es la clave”, sostiene Hernán Sorhuet. “La formación vence las inseguridades, te hace saber que tu tarea como comunicador no te obliga a ser un especialista en el tema para poder realizar una buena cobertura del mismo, y que si uno es un buen comunicador, entonces ya tiene las herramientas para hacer un buen trabajo periodístico”, afirma.

De igual forma, Touriño piensa que un periodista que cubra ciencia debe tener cuando menos una formación universitaria en periodismo, para que adquiera el rigor de investigar, que conozca la metodología científica[1], cuáles son los pasos de una investigación.

“Alguien que no tuvo esa formación, sino que estuvo toda la vida yendo al Parlamento a escuchar a los políticos, no tiene ni idea de cómo se presenta un proyecto de investigación, qué es la comunidad internacional, etc. Claro, a menos que sea un autodidacta y lea mucho sobre ciencia, pero eso es algo que generalmente no ocurre”, agrega.

 

Importancia de la formación

Además de la importancia de la formación en comunicaciones, necesaria, dice Sorhuet, para perder los miedos y prejuicios en torno a la dificultad de lo científico, y para tomar conciencia de que sí es un área exigente, por el extraordinario avance del caudal de información, también se ha mencionado en capítulos anteriores la importancia de la formación en ciencias de los periodistas, para que estos se den cuenta de la relevancia que tienen hoy la ciencia y la tecnología en la vida cotidiana de las personas, y, por tanto, para que se den cuenta de lo necesario que se vuelve que una sociedad esté informada sobre esos temas, para que pueda opinar y ejercer sus derechos de forma plena.

Me referiré ahora nuevamente a la necesidad de la formación en ciencias de un periodista que cubre esa área, pero esta vez desde el punto de vista de la importancia que tiene para el relacionamiento con las fuentes científicas, su acceso a ellas y la comprensión de las informaciones que de ellas obtiene.

A menudo los errores que aparecen en la prensa no derivan tanto de la transcripción descuidada de los detalles como de las inevitables distorsiones que se producen al trasladar la complicada terminología técnica al lenguaje llano. Los medios de todo el mundo han producido su propia cosecha de desaciertos. Se ha repetido una y otra vez que la Amazonia es el pulmón de la Tierra, cuando el balance de la producción de oxígeno y anhídrido carbónico es cero, ocultando su verdadera función como sumidero; y se ha denominado “agujero” de la capa de ozono a una disminución del espesor de este gas (Arnella, 2001).

Otro ejemplo muy clarificador de la importancia de la formación de un periodista científico, es el que cita Calvo Hernando (1997). En 1991, tomada de la revista Nature, una prestigiosa agencia internacional de noticias envió, en pleno auge de la preocupación popular en muchos países por la epidemia de cólera, una noticia sobre el descubrimiento de la estructura química de “la toxina del virus del cólera”.

La información hablaba de virus, aunque el causante del cólera es una bacteria. El error partió del comunicado de Londres, pasó a través de diversos filtros, y cuando llegó a una capital latinoamericana, donde la agencia tiene la cabecera de su servicio en español, un primer editor lo dejó pasar y sólo horas más tarde otro lo descubrió y corrigió sustituyendo el término “virus” errado por el correcto de “bacteria”.

Dos de los grandes diarios de la ciudad salieron con “bacteria”, pero otro no menos importante, quizá porque la edición salió antes, se quedó con “virus”. También al The New York Times, al publicar la noticia de la agencia, se le coló la palabra “virus”.


El problema que plantea este caso, dice Calvo Hernando, es la doble necesidad de especialización y de formación de los periodistas que cubren ciencias. Cabría preguntarse si un periodista no especializado está en condiciones de distinguir entre una bacteria y un virus, y si un periodista no formado puede hacer frente a la exigencia de la complejidad creciente de la ciencia en el mundo actual.

Por otra parte, hay quienes sostienen que, para ser un buen periodista científico, lo importante no es convertirse en una enciclopedia viviente, sino saber cómo preguntar, cómo explicar, cómo narrar las noticias en ciencia, cómo hacerlas interesantes sin traicionar su naturaleza. Pero, más que nada, se habla de que hay un conocimiento fundamental que debe poseer todo periodista que cubra ciencia: saber cómo se produce el conocimiento científico (tema al cual dediqué la primera parte del capítulo 3).

Muy a menudo los medios presentan la ciencia de forma alarmista y confusa. Con frecuencia, los periodistas no han entendido correctamente el objetivo de una investigación. Algunas veces toman conclusiones parciales de estudios parciales y presentan esos resultados mediocres como que pudieran revolucionar todo lo que se hemos aprendido o conocido hasta ahora, en lugar de presentárnoslo como una etapa más en el largo camino hasta el final (Flaste, 1992).

“Muchas veces se publica que ´los científicos descubrieron tal cosa´, pero es necesario saber bien quiénes son esos científicos, qué descubrieron, bajo qué condiciones se hicieron los experimentos y muchas otras cosas, porque a veces ese supuesto hallazgo sólo se trata del resultado del trabajo de un solo grupo, de una sola institución, y ocurre que a los dos meses el resto de la comunidad científica desarma eso, lo refuta, y entonces resultó ser una noticia que no era noticia”, explica Patricia Linn.

En mayo de 1999, por ejemplo, la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, emitió un comunicado de prensa mediante el cual afirmaba que el polen del maíz transgénico ampliamente sembrado en el país, podía matar a la mariposa de tipo monarca. Se había realizado un experimento en condiciones de laboratorio, donde se había expuesto a las orugas a gran cantidad de polen de maíz transgénico, con un resultado de un 60% de muertes, mientras que las del grupo que no habían ingerido ese alimento, murieron en un porcentaje del 30%.

La investigación salió a la prensa de todo el mundo, con titulares como “Maíz modificado mataría a insectos”, alertándose sobre la posibilidad de la extinción de las mariposas y reavivando la polémica sobre la alteración de genes en los cultivos.

Científicos de todas partes criticaron las limitaciones del estudio, señalando que era una investigación hecha en condiciones de laboratorio. Se comparó a la misma con un grupo de jóvenes que van al cine y comen cantidades enromes de pop, quienes seguramente también terminarán intoxicados, porque es una situación anormal. Se trataba, entonces, de un solo estudio, realizado por un solo grupo de investigadores, que recién se convertiría en conocimiento científico si recibía el apoyo de toda la comunidad científica.

Por estas mismas razones, cada año los medios informativos ganan la guerra contra el cáncer dos o tres veces. En 1998, una de estas “victorias” fue tema de portada nada menos que del The New York Times y, en consecuencia, de todos aquellos medios de comunicación que van a la zaga del rotativo neoyorquino. Lo curioso del caso, dice Gemma Revuelta (1998), autora de un artículo que analiza el episodio, es que detrás de la supuesta novedad no había más cosa sabida que unas optimistas declaraciones que debieron ser corregidas a los pocos días.

No se trataba, aclara, de un pequeño texto en una página de ciencia del martes; era la portada del domingo. Dos largas columnas para el tema con el que abría el The New York Times su edición del domingo 3 de mayo. Gina Kolata, una de las redactoras científicas senior del prestigioso rotativo estadounidense, anunciaba en un tono verdaderamente optimista el éxito obtenido con un nuevo tratamiento que había conseguido erradicar «todo tipo de cáncer. Y aquí se añadía la aclaración “en ratones”. Ocurre que, en el mejor de los casos, menos de un 10% a un 20% de las sustancias que tienen éxito en ratones, lo tienen también en seres humanos.

De acuerdo con Linn, cuando un grupo de investigadores obtiene determinados resultados en un laboratorio, esos hallazgos deben publicarse, no en la prensa, sino en revistas especializadas, donde otros científicos los leen, ven si se pueden generalizar, emiten sus opiniones y luego, con el tiempo, se llega a un acuerdo en toda la comunidad científica. “Si en el medio se metió la prensa a decir que los resultados son definitivos, entonces no entendió cómo funciona la ciencia”, dice.

Para un científico, y para los gerentes y administradores del conocimiento, la ciencia es la actividad que, basada en el método científico, recibe la confirmación de los más eminentes cultivadores de la disciplina de que se trate. El periodista científico ha de atenerse a este concepto para considerar que un hecho o una hipótesis puedan ser calificados de científicos. Para orientarse, debe buscar en los textos, las enciclopedias, Internet, y, sobre todo, consultar con los cultivadores de la especialidad que tenga mano, explica Calvo Hernando.

Todos los campos de la ciencia tienen en común algunos aspectos básicos de investigación; una vez que se conocen, es más fácil abordar cualquiera de estos campos obteniéndose una mayor satisfacción, dice Flaste (1992).

Es decir, cuando se entiende la forma en que funciona el pensamiento científico, el periodista puede hacer muchas cosas que antes le parecerían inasequibles, como leer los logros que se presentan en una revista profesional o discutir el contenido de un artículo de un periódico porque le proporciona muy pocos datos como para poder llegar a una conclusión definitiva o porque es demasiado crédulo con lo que los científicos afirman.

 

Importancia de la especialización

La especialización de la información es una característica de nuestro tiempo, y la especialización del periodismo puede ser una manera de mejorarlo y de adaptarse a las necesidades, actuales y previsibles, de una demanda cada día más selectiva y exigente. Es indispensable, no una especialización en cada una de las disciplinas científicas, que sería utópico, sino una cultura general que le permita comprender y asimilar los nuevos conocimientos.

“Esta especialidad exige un trabajo permanente y abnegado. Contando con un bagaje cultural, que, por otra parte, hay que complementar constantemente, el periodista científico –salvo excepciones- no puede llegar a la plenitud profesional más que después de muchos años de trabajo. Nunca puede dejar de leer, de hablar con los científicos, de adquirir conocimientos, en un enriquecimiento continuado. Si un solo día deja de leer, se quedará atrás”, dice Calvo Hernando (1997).

“Un buen periodista debe preocuparse por tener una especialización, que debería contar con un componente que fuera información sobre las disciplinas, información elemental sobre la comprensión de algunas temáticas. De lo contrario, la tendencia es a opinar siempre sobre los temas económicos, éticos o políticos que rodean la ciencia, y no a informar sobre los temas científicos. Así el público sigue sin saber una serie de cosas. Es decir, se entera por el Discovery Channel”, piensa el médico genetista Mario Stoll, investigador del Laboratorio de Genética Vascular de la Comisión Honoraria para la Salud Cardiovascular, y ex investigador de la facultad de Medicina.

“Varias veces he visto comentar un tema científico en los diarios nacionales, con conceptos equivocados. Se nota que el periodista no entendió la información, quizá porque muchas veces lee el cable que viene de una agencia y pocas veces se toma el cuidado de verificar si ha comprendido lo que dice”, recuerda Méndez Galain.

La escasa formación de los periodistas científicos también trae aparejado otro problema: el de la pérdida de tiempo. “Generalmente, el tiempo que uno tiene para hablar del hallazgo que ha realizado, tiene que dedicarlo a explicar de qué se está hablando”, explica el médico investigador Alfonso Cayota, y agrega que “en mi especialidad, a veces hay elementos básicos de la biología, que no se aprenden en la universidad sino en secundaria, y los periodistas no los tienen. Entonces, uno piensa: ¿cómo van a darles el justo valor a las cosas, si ni siquiera saben que existen?”.

En el mismo sentido, Sanguinetti explica que, para un científico “es mucho más fácil comunicarse con un periodista que al menos sabe lo que es una molécula de ADN. Lo último que necesito, al momento de contarle a un periodista cómo funcionan los productos de mi empresa [de biología molecular], es tener que empezar explicándole qué es el ADN y qué es la herencia”.

 

Formación y especialización en tiempos de crisis

En países subdesarrollados como Uruguay, la cuestión de la asignación de recursos generalmente tiende a ser un problema recurrente en muchas áreas. Sin embargo, hoy, con cuatro años seguidos de caída del PBI, cifras récord de desempleo y tantos otros males asociados, nuestro país atraviesa una de las crisis económicas más graves de su historia.

Poco antes de que comenzara este período de recesión, el periodismo científico tuvo un “boom”, asegura Méndez Galain. En ese entonces “hubo muchos gérmenes que, cuando intentaron germinar, no pudieron hacerlo por problemas económicos. La situación del país hizo que esos gérmenes, en lugar de estar germinando, se estén marchitando. Los medios de comunicación en Uruguay están pasando por un momento muy complicado, y entonces tomar proyectos nuevos es difícil, no por falta de interés, sino por el hecho de que para tener un espacio nuevo, hay que venderlo, y vender un espacio nuevo es algo muy difícil”.

El físico señala, entonces, que el escaso desarrollo actual del periodismo científico en Uruguay tiene que ver con el hecho de que sean medios muy reducidos los nuestros, que hacen que el periodista sea una especie de “comodín”, que cubre una cantidad de temas. “En definitiva, creo que la crisis económica que viven los medios está en el centro del asunto”, asegura.

En el mismo sentido, Lessa coincide en señalar que el hecho de que esté frenado el desarrollo del periodismo científico como especialización, mucho más que con otros factores, tiene que ver con la realidad económica de los medios. “Con el tamaño actual de las redacciones, en estas épocas de crisis, es casi impensable especializar a un periodista en ciencias, cuando ocurre que están faltando periodistas para cubrir noticias de todos los días. Y además, hay una falta de responsabilidad, de conciencia de los medios, respecto a la necesidad de especializar a sus periodistas; tanto así, que a veces ni siquiera les permiten asistir a reuniones y seminarios gratuitos, porque no se los ve como una inversión”.

Un periodista que cubre ciencia, continúa Lessa, debería tener un mínimo de conocimiento y especialización, y eso demuestra que es un área particular. “Es muy difícil que cubra bien estos temas alguien que está corriendo 10 horas, que va al Parlamento y después a cubrir un incendio. Pero con la realidad del Uruguay, va a ser poco probable que haya alguien que sólo cubra ciencia, aunque al menos debería haber alguien en las redacciones que sepa sobre el tema”, agrega.

La situación económica crítica que atraviesan los medios hace que se cubran sólo las informaciones más esenciales, y dentro de lo esencial, han coincidido los periodistas, no entran los temas científicos. Precisamente, esta concepción de la ciencia como algo no “esencial”, confirma la necesidad de continuar este estudio y averiguar sus porqués.

Si se dice que la ciencia y la tecnología tienen una influencia creciente y decisiva en nuestra vida cotidiana, y si los medios de comunicación deben reflejar e informar sobre nuestra vida cotidiana, parece que el periodismo científico debería considerarse como una de las “estrellas informativas del milenio en el que acabamos de entrar”, como dice Calvo Hernando, y no como un área “no esencial”, aun en tiempos de crisis.

 

Iniciativas de formación de periodistas científicos

Desde hace algunos años se vienen llevando a cabo en Uruguay diversas iniciativas que han procurado incitar a la reflexión sobre el periodismo científico y su situación en el país, como también brindar cierta formación a los profesionales que se desempeñan o que tienen interés en esta actividad. A continuación se presentan algunas de las más destacadas:

· “Jornadas de Periodismo Científico”, organizadas por el Laboratorio Tecnológico del Uruguay (LATU) y el CONICYT, en septiembre de 1996. Estas jornadas constituyeron la primera oportunidad de intercambio de opiniones entre periodistas en actividad, directores de medios, científicos, tecnólogos y representantes de instituciones relacionadas con la ciencia y la tecnología.

· “Conferencia sobre Periodismo Científico”, realizada en el marco de una conferencia sobre “Gestión, Innovación y Desarrollo Tecnológico: evaluación y proyección en Uruguay”, organizada por la CEGETEC-CIU, en octubre de 1996.

· “Taller de especialización: Introducción al Periodismo Científico”, que tuvo lugar en abril de 2000 en la Facultad de Ciencias, con el apoyo del PEDECIBA, y fue dictado por Leonardo Moledo, periodista científico argentino, profesor de Periodismo Científico en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y director del Planetario de Buenos Aires.

El taller fue dirigido tanto para periodistas, como para científicos y estudiantes de ciencias, logrando una concurrencia de unos 70 participantes. A partir del mismo, se había creado un grupo de cinco docentes de la Facultad, interesados en fomentar esta especialidad periodística, que impulsaría la realización de nuevos cursos, lo cual no ha sucedido hasta el momento.

· “Medicina y medios de comunicación”, debate propuesto por la Academia Nacional de Medicina como tema uruguayo de discusión en la XXII Reunión Conjunta de Academias del Plata, que se llevó a cabo en el año 2000 y del cual participaron médicos y periodistas de salud.

· “Curso de Periodismo Científico”, organizado por la Universidad de la República y la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC), en diciembre de 2001. Fue la primera vez que la Universidad destinó fondos para realizar un curso de estas características, el cual estuvo dirigido a profesionales de distintos medios y a estudiantes de ciencias de la comunicación.

Fue dictado principalmente por el bioquímico argentino Enrique Belocopitow, director del Programa de Divulgación Científica y Técnica del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar. Asimismo, también disertaron periodistas y científicos que ejercen el periodismo, y se realizaron varias visitas a las facultades de Ciencias, Medicina e Ingeniería, al Instituto de Higiene y al observatorio “Los Molinos”, con la finalidad de que los asistentes conocieran cómo y en qué trabajan los investigadores en Uruguay.

· “Comunicación científica y tecnológica en los medios masivos: ¿Cuánto falta por hacer?”, realizado en noviembre de 2002 en el marco del “XI Encuentro de Medio Ambiente”, organizado por Comisión de Educación y Comunicación (CEC-Uruguay) de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), donde realizaron exposiciones periodistas científicos, científicos y educadores.

 

Las carreras de periodismo

Uruguay ofrece desde hace muy poco una formación universitaria para comunicadores, lo cual significa que aún esa área del conocimiento no ha madurado lo suficiente, si la comparamos con otras áreas ya existentes hace mucho tiempo.

Es verdad que las carreras de comunicación y periodismo incluyen en sus programas la enseñanza de la metodología de investigación, tanto cualitativa como cuantitativa, aunque la misma hace principal (y casi exclusivo) énfasis en las ciencias sociales. No hay materias específicas sobre periodismo científico ni tampoco materias que enseñen conocimientos generales sobre ciencia.

No obstante, está en estudio en estos momentos un proyecto para la reforma de la Universidad de la República, del cual podrían surgir oportunidades de formación para periodistas científicos.

El número de estudiantes universitarios que existe en Uruguay asciende a unos 65 o 70 mil inscriptos, y todo indica que las cifras van a aumentar, siguiendo con la tendencia de las últimas décadas. Según explica el decano de Ciencias, el país no está preparado para asumir ese crecimiento.

La oferta de enseñanza superior no es suficiente; se está dando una “masificación” de los cursos, y por tanto ha surgido la idea de crear muchas más propuestas, no necesariamente universitarias, como por ejemplo ciclos de formación general en ciencias o humanidades, de dos años de duración, que permitan luego conducir a un diploma, pero procurando evitar la deserción que se produce en los primeros años.

“Seguimos siendo un país muy conservador en lo que refiere a la formación superior. Si bien ya no tenemos la decena o docena de carreras clásicas, siguen siendo las de mayor reconocimiento y las que más siguen convocando estudiantes. Queremos proponer una diversificación de las carreras, dentro de las cuales podría caber perfectamente la formación de un nuevo tipo de comunicador especializado en temas científicos”, dice Ehrlich.

En otros países la formación universitaria de periodistas científicos es una realidad desde hace tiempo, incluso en nuestros vecinos, Argentina y Brasil. No obstante, Calvo Hernando (2002) advierte sobre el hecho de que no son tantos los centros educativos que brindan estas carreras. Ello le hace temer, dice, la posibilidad, o realidad, de que las facultades no estén preparando periodistas para el siglo XXI, sino para el siglo XIX.

 

NOTAS AL PIE

[1] En nuestro país las carreras de comunicación y periodismo incluyen en sus programas la enseñanza de la metodología de investigación, tanto cualitativa como cuantitativa, aunque la misma hace principal (y casi exclusivo) énfasis en las ciencias sociales. No hay materias específicas sobre periodismo científico ni tampoco materias que enseñen conocimientos generales sobre ciencia.