Miedos,
prejuicios y verdades del conocimiento y el mundo científico
“La
prensa trata a la ciencia como un asunto
arcano
e incomprensible, y los científicos siguen
pareciendo
magos remotos y superiores que
están
por encima de la gente ordinaria”.
Dorothy
Nelkin
Autora
norteamericana
El
fenómeno imparable
El
crecimiento de la producción científica ha alcanzado unas características
de vértigo desde comienzos del siglo XX. En una obra clásica
que llevaba por título Little
science, big science, Derek de Solla Price (en Barona, 1998)
denominó pequeña ciencia a la ciencia clásica y gran ciencia
a la ciencia contemporánea.
Según
los resultados de su análisis, la información científica contemporánea
presenta una forma de crecimiento exponencial que se caracteriza
por un período de duplicación de unos diez o doce años, dependiendo
de las particularidades de cada área científica. Es decir, que
en cada década se duplica el número de revistas, artículos,
investigadores, instituciones científicas etc., lo cual implica
un coeficiente de contemporaneidad verdaderamente asombroso.
Si
consideramos que el número de publicaciones científicas se duplica
cada diez años, ese dato implica que el 96% de todas las publicaciones
científicas de todos los tiempos ha aparecido en la última década,
y aplicado el mismo criterio al total de científicos, resulta
que los científicos actuales representan el 87,5 % de todos
los científicos de todos los tiempos.
Asimismo,
se ha dicho que el 90% de la técnica en uso tiene una antigüedad
inferior a 20 años, y que el ritmo de innovación se ha triplicado
en solamente diez años (Calvo Hernando, 1999a).
El
proceso imparable e impresionante de complejización del conocimiento
científico y tecnológico es, pues, una realidad, que ha sido
definida incluso como “uno
de los grandes acontecimientos del siglo XX” (prólogo de
Fernández del Moral, en Nelkin, 1990).
A
fines del siglo pasado, dice Calvo (2001c), un estudiante universitario,
e incluso uno de enseñanza media, podía seguir sin gran esfuerzo
la marcha de la investigación científica en el mundo, entender
algunos de los experimentos y asimilar lo esencial de las teorías.
Esto ya no es posible hoy.
La
ley de la aceleración de la historia se aplica también en la
ciencia y hoy nadie puede, apoyándose exclusivamente en los
programas escolares de hace unos años, comprender los últimos
trabajos sobre estructura de la materia o biología celular o
simplemente lo que ocurre al haber pasado la escala de la micra
(milésima de milímetro) a la nanotecnología (milimillonésima
de milímetro o de segundo).
Estamos
en presencia de un fenómeno histórico que Oppenheimer, y después
Schrödinger, formularon cuantitativa-mente: hubo una época en
que los avances de la ciencia durante la vida de un ser humano
representaban de un 10 a un 20 por ciento suplementario sobre
la masa de conocimientos que esa persona adquiría en su edad
escolar; hoy, la relación puede elevarse a varios cientos por
ciento.
El
miedo a lo difícil
A
principios del siglo pasado, la ciencia era considerada popularmente
como “una variante de
la magia negra”, y los científicos como brujos o magos aislados
de la sociedad. Los científicos se asemejaban a los hechiceros;
el público los imaginaba “en
posesión de poderes casi sobrenaturales y románticos” (Nelkin,
1990).
Todavía
hoy la prensa trata a la ciencia como un asunto arcano e incomprensible,
que está muy lejos del sentido común organizado, y los científicos
siguen pareciendo magos remotos y superiores que están por encima
de la gente ordinaria, culturalmente aislados de la sociedad
(ver figura-1), según explica Nelkin (1990).
A
veces los propios medios refuerzan esta idea. Un pequeño artículo
publicado en el diario El
País, el 20 de octubre de 2002 (que claramente se trataba
de un “relleno”, puesto que aparecía incluido dentro de otro
de mayor tamaño, con el cual no tenía ninguna conexión, excepto
por el hecho de que ambos eran, en líneas generales, sobre ciencia),
versaba básicamente sobre una doctora en bioquímica de la facultad
de Química.
Bajo
el título “La vida en
el laboratorio”, el artículo presentaba a la investigadora
como obsesionada con su trabajo (“se
levanta al amanecer para llegar antes que nadie”), se refería
a una niñez algo rara de la mujer (“cuando
era niña convidaba a su hermano a un juego que parecía siniestro:
´¿Vamos a preparar nitroglicerina en el sótano de casa?`, preguntaba”)
e insistía todo el tiempo en que no era nada sencillo explicar
qué hacía la científica (“para que resulte fácil de comprender, podría decirse que la bioquímica...”
y “participa en distintas
investigaciones, pero algunas son más sencillas de explicar
que otras”).
Los
medios informativos proyectan la imagen de la ciencia como una
actividad esotérica, una cultura aparte, una profesión que está
separada y por encima de todos los demás empeños humanos. Finalmente,
al pasar por alto el contenido de la ciencia e ignorar el proceso
de investigación, los medios contribuyen a cerrar la oscuridad
alrededor de la ciencia y perpetuar su separación del ciudadano
normal (Nelkin, 1990).
“Para
la mayor parte de la gente, la ciencia es algo difícil, una
elevada tarea intelectual practicada por sabios de grandes cabezas
vestidos con batas blancas y encerrados en torres de marfil.
Para ellos la ciencia equivale a asignaturas obligatorias que
les estropeaban el promedio de las notas y hacían que se sintieran
estúpidos”, comenta el director de Science
Digest (en Nelkin, 1990, p116).
Pero
tampoco los periodistas están ajenos a ese temor, ya que ellos
no sólo deben poder comprender la ciencia, sino que además tienen
que ser capaces de explicarla de manera clara y eliminando ciertos
tecnicismos que serían incomprensibles sin una formación académica
en el área.
Es
por eso que, generalmente, “este tema es visto como un `cuco´ por los periodistas; es verdad que a
algunos de ellos simplemente no les gusta, pero hay muchos otros
que le tienen miedo”, asegura la periodista Mariana Zabala,
ex editora del suplemento “Cosas
de la Vida” del diario El
Observador (Haro, 2001).
Se
habla incluso de que el temor a incursionar en estas áreas,
genera una verdadera “autocensura”
por parte de los periodistas, que muchas veces tratan de evitar
ser asignados a estos temas. Los periodistas prefieren “no
meterse” con los temas de ciencia, asegura Sorhuet, porque
consideran de antemano que no les va a salir muy bien el trabajo
y que van a pasar vergüenza. “Si
hoy hablás con un periodista y le proponés elaborar un artículo
sobre ciencia, te va a decir que no está preparado”, sostiene.
“No
sólo los periodistas, sino también los empresarios de los medios,
consideran que la ciencia es un tema engorroso, difícil, y a
veces incluso utilizan esa excusa para decir que no tiene atractivo”,
agrega Varela.
El
periodista científico norteamericano William Burrows dice que
“los periodistas prefieren
cruzar la calle para evitar toparse con un científico, ya que
los tienen por criaturas sin emociones, no comunicativas e ininteligibles,
con la misma capacidad para usar ecuaciones diferenciales y
logaritmos en contra de los periodistas que los lanzadores de
los Yankees tienen para mandar bolas interiores rápidas y cerradas”
(en Nelkin, 1990).
Esta
brecha que separa al hombre de ciencia y al gran público, advierte
Calvo Hernando (2002), encierra riesgos para nuestra civilización
y para la propia ciencia. Ello hace necesario desmitificar la
ciencia, humanizándola. ¿Y qué significa esto? Es mostrar que,
detrás de una investigación o de un descubrimiento, hay no solamente
ideas, sino seres humanos, que no suelen ser héroes inaccesibles,
sino que viven como todo el mundo, que podemos encontrarlos
en la calle, en un número de teléfono y hoy en una dirección
electrónica. Renunciar a emprender esta desmitificación, supondría
confirmar la creencia popular de que la ciencia está hecha por
superhombres.
Científicos
que se auto humanizan
Generalmente,
la literatura internacional sobre periodismo científico, cuando
habla de humanizar a los científicos, no hace referencia a cuál
es la actitud de los propios investigadores ante la idea de
que se los compare con el común de los mortales.
Aunque
muchos están muy cómodos siendo considerados superhombres por
la sociedad, otros se ríen, literalmente, de ello y buscan quebrar
esos prejuicios, como es el caso de Fernando Costa, investigador
del Clemente Estable. En el sitio de Internet del instituto
en el cual trabaja (ver figura-2), Costa ha puesto una página
web personal con un curriculum vitae humorístico, claramente
dirigido, no a sus colegas del mundo científico, sino al público
en general.
Allí,
además de incluir una caricatura en lugar de su fotografía,
elimina mucha de la jerga propia de su especialidad, y la convierte
en lenguaje corriente, hablando de “bichos”
y refiriéndose a sus publicaciones científicas como “unos plomos insoportables, recomendables sólo para otros científicos,
curiosos obsesos y masoquistas graves”.
El
científico: la fuente irrefutable
La
natural resistencia a indagar, que se extiende habitualmente
por el periodismo contemporáneo, no sólo se refuerza cuando
la fuente es científica, sino que tiende a presentar esa fuente
como absolutamente segura. En consecuencia, a veces el prejuicio
de ver al científico como superhombre, trae aparejado un problema
que puede conllevar a graves errores informativos. Lo que sucede
es que la noticia científica viaja en periodismo con un inmenso
valor añadido (Colombo, 1995), que es el valor de la credibilidad.
Al
hojear durante un año algunos de los buenos periódicos del mundo,
sostiene Furio Colombo (1995), uno suele tropezarse con tres
o cuatro diferentes versiones de la misma verdad científica,
sin que nadie intente poner de relieve la contradicción, a veces
clamorosa, entre una versión y otra.
Las
fuentes dan explicaciones que son publicadas sin ninguna mediación
y sin ningún intento de coordinar una noticia científica con
otras ya aparecidas sobre el mismo tema y en el mismo diario.
Así, ocurre que un día el café es tremendamente nocivo, y dos
semanas después es un salvavidas precioso, igual o contrario
que el alcohol (que sienta bien, que sienta mal, que mata, siempre
que sea o no en pequeñas dosis).