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Periodismo Científico en Uruguay - Capítulo 4
 

Capítulo 4:

De lo complejo a lo imposible

Miedos, prejuicios y verdades del conocimiento y el mundo científico

  

“La prensa trata a la ciencia como un asunto

arcano e incomprensible, y los científicos siguen

pareciendo magos remotos y superiores que

están por encima de la gente ordinaria”.

 

Dorothy Nelkin

Autora norteamericana

 

El fenómeno imparable

El crecimiento de la producción científica ha alcanzado unas características de vértigo desde comienzos del siglo XX. En una obra clásica que llevaba por título Little science, big science, Derek de Solla Price (en Barona, 1998) denominó pequeña ciencia a la ciencia clásica y gran ciencia a la ciencia contemporánea.

Según los resultados de su análisis, la información científica contemporánea presenta una forma de crecimiento exponencial que se caracteriza por un período de duplicación de unos diez o doce años, dependiendo de las particularidades de cada área científica. Es decir, que en cada década se duplica el número de revistas, artículos, investigadores, instituciones científicas etc., lo cual implica un coeficiente de contemporaneidad verdaderamente asombroso.

Si consideramos que el número de publicaciones científicas se duplica cada diez años, ese dato implica que el 96% de todas las publicaciones científicas de todos los tiempos ha aparecido en la última década, y aplicado el mismo criterio al total de científicos, resulta que los científicos actuales representan el 87,5 % de todos los científicos de todos los tiempos.

Asimismo, se ha dicho que el 90% de la técnica en uso tiene una antigüedad inferior a 20 años, y que el ritmo de innovación se ha triplicado en solamente diez años (Calvo Hernando, 1999a).

El proceso imparable e impresionante de complejización del conocimiento científico y tecnológico es, pues, una realidad, que ha sido definida incluso como “uno de los grandes acontecimientos del siglo XX” (prólogo de Fernández del Moral, en Nelkin, 1990).

A fines del siglo pasado, dice Calvo (2001c), un estudiante universitario, e incluso uno de enseñanza media, podía seguir sin gran esfuerzo la marcha de la investigación científica en el mundo, entender algunos de los experimentos y asimilar lo esencial de las teorías. Esto ya no es posible hoy.

La ley de la aceleración de la historia se aplica también en la ciencia y hoy nadie puede, apoyándose exclusivamente en los programas escolares de hace unos años, comprender los últimos trabajos sobre estructura de la materia o biología celular o simplemente lo que ocurre al haber pasado la escala de la micra (milésima de milímetro) a la nanotecnología (milimillonésima de milímetro o de segundo).

Estamos en presencia de un fenómeno histórico que Oppenheimer, y después Schrödinger, formularon cuantitativa-mente: hubo una época en que los avances de la ciencia durante la vida de un ser humano representaban de un 10 a un 20 por ciento suplementario sobre la masa de conocimientos que esa persona adquiría en su edad escolar; hoy, la relación puede elevarse a varios cientos por ciento.

 

El miedo a lo difícil

A principios del siglo pasado, la ciencia era considerada popularmente como “una variante de la magia negra”, y los científicos como brujos o magos aislados de la sociedad. Los científicos se asemejaban a los hechiceros; el público los imaginaba “en posesión de poderes casi sobrenaturales y románticos” (Nelkin, 1990).

Todavía hoy la prensa trata a la ciencia como un asunto arcano e incomprensible, que está muy lejos del sentido común organizado, y los científicos siguen pareciendo magos remotos y superiores que están por encima de la gente ordinaria, culturalmente aislados de la sociedad (ver figura-1), según explica Nelkin (1990).


A veces los propios medios refuerzan esta idea. Un pequeño artículo publicado en el diario El País, el 20 de octubre de 2002 (que claramente se trataba de un “relleno”, puesto que aparecía incluido dentro de otro de mayor tamaño, con el cual no tenía ninguna conexión, excepto por el hecho de que ambos eran, en líneas generales, sobre ciencia), versaba básicamente sobre una doctora en bioquímica de la facultad de Química.

Bajo el título “La vida en el laboratorio”, el artículo presentaba a la investigadora como obsesionada con su trabajo (“se levanta al amanecer para llegar antes que nadie”), se refería a una niñez algo rara de la mujer (“cuando era niña convidaba a su hermano a un juego que parecía siniestro: ´¿Vamos a preparar nitroglicerina en el sótano de casa?`, preguntaba”) e insistía todo el tiempo en que no era nada sencillo explicar qué hacía la científica (“para que resulte fácil de comprender, podría decirse que la bioquímica...” y “participa en distintas investigaciones, pero algunas son más sencillas de explicar que otras”).

Los medios informativos proyectan la imagen de la ciencia como una actividad esotérica, una cultura aparte, una profesión que está separada y por encima de todos los demás empeños humanos. Finalmente, al pasar por alto el contenido de la ciencia e ignorar el proceso de investigación, los medios contribuyen a cerrar la oscuridad alrededor de la ciencia y perpetuar su separación del ciudadano normal (Nelkin, 1990).

Para la mayor parte de la gente, la ciencia es algo difícil, una elevada tarea intelectual practicada por sabios de grandes cabezas vestidos con batas blancas y encerrados en torres de marfil. Para ellos la ciencia equivale a asignaturas obligatorias que les estropeaban el promedio de las notas y hacían que se sintieran estúpidos”, comenta el director de Science Digest (en Nelkin, 1990, p116).

Pero tampoco los periodistas están ajenos a ese temor, ya que ellos no sólo deben poder comprender la ciencia, sino que además tienen que ser capaces de explicarla de manera clara y eliminando ciertos tecnicismos que serían incomprensibles sin una formación académica en el área.

Es por eso que, generalmente, “este tema es visto como un `cuco´ por los periodistas; es verdad que a algunos de ellos simplemente no les gusta, pero hay muchos otros que le tienen miedo”, asegura la periodista Mariana Zabala, ex editora del suplemento “Cosas de la Vida” del diario El Observador (Haro, 2001).

Se habla incluso de que el temor a incursionar en estas áreas, genera una verdadera “autocensura” por parte de los periodistas, que muchas veces tratan de evitar ser asignados a estos temas. Los periodistas prefieren “no meterse” con los temas de ciencia, asegura Sorhuet, porque consideran de antemano que no les va a salir muy bien el trabajo y que van a pasar vergüenza. “Si hoy hablás con un periodista y le proponés elaborar un artículo sobre ciencia, te va a decir que no está preparado”, sostiene.

No sólo los periodistas, sino también los empresarios de los medios, consideran que la ciencia es un tema engorroso, difícil, y a veces incluso utilizan esa excusa para decir que no tiene atractivo”, agrega Varela. 

El periodista científico norteamericano William Burrows dice que “los periodistas prefieren cruzar la calle para evitar toparse con un científico, ya que los tienen por criaturas sin emociones, no comunicativas e ininteligibles, con la misma capacidad para usar ecuaciones diferenciales y logaritmos en contra de los periodistas que los lanzadores de los Yankees tienen para mandar bolas interiores rápidas y cerradas” (en Nelkin, 1990).

Esta brecha que separa al hombre de ciencia y al gran público, advierte Calvo Hernando (2002), encierra riesgos para nuestra civilización y para la propia ciencia. Ello hace necesario desmitificar la ciencia, humanizándola. ¿Y qué significa esto? Es mostrar que, detrás de una investigación o de un descubrimiento, hay no solamente ideas, sino seres humanos, que no suelen ser héroes inaccesibles, sino que viven como todo el mundo, que podemos encontrarlos en la calle, en un número de teléfono y hoy en una dirección electrónica. Renunciar a emprender esta desmitificación, supondría confirmar la creencia popular de que la ciencia está hecha por superhombres.

Científicos que se auto humanizan

Generalmente, la literatura internacional sobre periodismo científico, cuando habla de humanizar a los científicos, no hace referencia a cuál es la actitud de los propios investigadores ante la idea de que se los compare con el común de los mortales.

Aunque muchos están muy cómodos siendo considerados superhombres por la sociedad, otros se ríen, literalmente, de ello y buscan quebrar esos prejuicios, como es el caso de Fernando Costa, investigador del Clemente Estable. En el sitio de Internet del instituto en el cual trabaja (ver figura-2), Costa ha puesto una página web personal con un curriculum vitae humorístico, claramente dirigido, no a sus colegas del mundo científico, sino al público en general.

Allí, además de incluir una caricatura en lugar de su fotografía, elimina mucha de la jerga propia de su especialidad, y la convierte en lenguaje corriente, hablando de “bichos” y refiriéndose a sus publicaciones científicas como “unos plomos insoportables, recomendables sólo para otros científicos, curiosos obsesos y masoquistas graves”.

El científico: la fuente irrefutable

La natural resistencia a indagar, que se extiende habitualmente por el periodismo contemporáneo, no sólo se refuerza cuando la fuente es científica, sino que tiende a presentar esa fuente como absolutamente segura. En consecuencia, a veces el prejuicio de ver al científico como superhombre, trae aparejado un problema que puede conllevar a graves errores informativos. Lo que sucede es que la noticia científica viaja en periodismo con un inmenso valor añadido (Colombo, 1995), que es el valor de la credibilidad.

Al hojear durante un año algunos de los buenos periódicos del mundo, sostiene Furio Colombo (1995), uno suele tropezarse con tres o cuatro diferentes versiones de la misma verdad científica, sin que nadie intente poner de relieve la contradicción, a veces clamorosa, entre una versión y otra.

Las fuentes dan explicaciones que son publicadas sin ninguna mediación y sin ningún intento de coordinar una noticia científica con otras ya aparecidas sobre el mismo tema y en el mismo diario. Así, ocurre que un día el café es tremendamente nocivo, y dos semanas después es un salvavidas precioso, igual o contrario que el alcohol (que sienta bien, que sienta mal, que mata, siempre que sea o no en pequeñas dosis).