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Periodismo Científico en Uruguay - Capítulo 1
 

Capítulo 1:

Funciones y objetivos poco claros

 

 “La única función del periodista es informar, informar bien. De lo contrario, ¿cuál sería la diferencia entre un  periodista que cubre ambiente y un ambientalista, uno que cubre educación y un maestro?”

 

Cristina Canoura

Periodista

 

El problema de los términos

Uno de los primeros problemas que surgen al iniciar una investigación sobre periodismo científico en un país donde los propios profesionales desconocen si existe esta especialidad -o al menos deben detenerse un momento a pensar si la que hay alcanza para considerarla significativa-, consiste en la escasa reflexión y discusión que ha habido sobre el tema hasta el momento.

Pero también se dan en Uruguay otras cuestiones que son más universales, como ser los manejos confusos de los términos. Uno de ellos es la propia denominación “periodismo científico”, que no gusta a todos, porque es una denominación anfibológica, que puede llegar a ser interpretada erróneamente como el nombre de una disciplina que estudia el periodismo como una ciencia o como conjunto de tecnologías que tienen como objetivo final la información (Calvo Hernando, 1997).

Pero, aun reconociendo lo equívoco de la expresión, la misma no plantea un gran problema, puesto que se encuentra ya muy difundida y el significado que por lo general se le asigna es el correcto.

No obstante, sí creo importante dedicar este primer capítulo a la cuestión del uso del término “divulgador científico” como sinónimo de “periodista científico”. Calvo Hernando  (1997) nos brinda una definición de periodismo científico que lo entiende como “una especialización informativa que consiste en divulgar la ciencia y la tecnología a través de los medios de comunicación de masas”.

Este concepto es absolutamente válido, ya que el término “divulgar”, según el Diccionario de la Real Academia Española[1], significa “publicar, extender, poner algo al alcance del público”, lo cual en teoría lo hace perfectamente utilizable tanto para la actividad que realiza un periodista científico, como para la que lleva a cabo un científico que comunica los resultados de su labor al público.

Pero, como ocurre muchas veces, la utilización cotidiana de las palabras no siempre respeta estrictamente su significado original, sino que las va alterando de diferentes formas, en ocasiones dándoles nuevos usos y agregándoles connotaciones. Tal es el caso de “divulgar”, denominación que para algunos periodistas hoy en día significa dar a conocer datos, generalmente más atemporales, que no necesariamente son parte de la información novedosa que constituye una noticia.

Así lo entiende Alfonso Lessa, periodista conductor del programa televisivo Ciencia Activa[2], al afirmar que, “en el fondo, todo periodista es un divulgador, porque el periodismo implica divulgar; no obstante, es posible que en el periodismo científico esto tenga otra connotación, puesto que se está divulgando conocimiento que no es una mera noticia coyuntural, que pasa en el día, sino que se está haciendo una divulgación cultural y educativa mucho mayor del conocimiento que la que se realiza en el periodismo diario”.

Hasta aquí no parece haber dificultades. Es que el problema sobreviene con el uso indistinto de los términos “divulgación científica” y “periodismo científico”, que se encuentra ya ampliamente difundido en gran parte de la literatura internacional que puede encontrarse sobre el tema, como también entre los periodistas y científicos uruguayos.

Por ejemplo, Daniela Hirschfeld, periodista de la sección Ambiente, Ciencia y Técnica del semanario Búsqueda, se reconoce a sí misma como una “divulgadora”, argumentando que “todavía la ciencia está en una etapa en que necesita ser divulgada, es decir, ser sacada de esa parte oscura en donde se encuentra, ese pequeño mundo cerrado”.

Aunque presentan muchas similitudes, hay quienes han alertado acerca del hecho de que la divulgación científica y el periodismo científico no son una misma cosa. Son actividades diferentes, en manos de profesionales distintos. Así, algunos explican que debe considerarse a la divulgación científica sólo como a la “actividad de explicación y difusión de los conocimientos especializados, y recién hablar de periodismo científico cuando esta actividad es realizada por periodistas a través de los medios masivos de comunicación”, aclara la periodista y médica argentina Estela Del Pozo (2000).

Es decir, que, mientras que un periodista científico desarrolla su actividad enteramente a través de la prensa escrita, radio, televisión e Internet, un divulgador científico puede llevar adelante su tarea utilizando diversos canales (un museo, por ejemplo, es un ámbito de divulgación científica) que le permitan comunicarse con la sociedad, donde, por supuesto, también se incluye la concesión de entrevistas a periodistas y la utilización de los medios por parte del propio científico, pero siempre en calidad de tal.

Asimismo, otros autores entienden a la divulgación científica como a “toda actividad de explicación y difusión de los conocimientos, de la cultura y del pensamiento científico y técnico, con dos condiciones: la primera, que la explicación y la divulgación se hagan fuera del marco de la enseñanza oficial o equivalente; la segunda: que estas explicaciones extra-escolares no tengan como objetivo formar especialistas o perfeccionarlos en su propio campo, puesto que lo que se pretende, por el contrario, es completar la cultura de los especialistas fuera de su especialidad” (Le Lionnais, en Avogadro, 1999).

La divulgación científica, lo que los ingleses llaman “public understanding of science”, los norteamericanos “scientific literacy”, y los franceses “la culture scientifique” (Periodismo Científico Nº41, 2002), consiste también en “difundir entre el público más numeroso posible y menos beneficiado por la cultura, los resultados de la investigación científica y técnica y más generalmente, en el conjunto de productos del pensamiento científico formando mensajes fácilmente asimilables” (Avogadro, 1999).

Algunos ejemplos clarificadores de divulgación científica en Uruguay son las “Jornadas de puertas abiertas” que llevan a cabo algunas facultades e institutos una vez al año, en las cuales el público accede libremente a las instalaciones universitarias y se entera de lo que allí se hace en materia de producción científica; y la exposición Eureka[3], que tuvo lugar en 2002 en el Parlamento, donde se exhibieron públicamente los diferentes proyectos de investigación científica que se realizaban en el país en aquel entonces.

 

Objetivos que se confunden

Además de la utilización de distintos canales de comunicación, y de estar a cargo de profesionales diferentes, las actividades de divulgación científica y periodismo científico presentan otra gran diferencia: los objetivos que persiguen.

Precisamente, en ocasiones el uso indistinto de estas dos denominaciones trae implícita una idea de que el periodismo científico es una actividad que, además de tener que cumplir los objetivos del periodismo (buscar la mayor porción posible de la verdad para hacerla pública, a fin de que las personas sean realmente libres para ejercer de forma plena sus derechos y emitir sus opiniones con fundamentos), debe funcionar como herramienta de promoción de la ciencia y la tecnología, e incluso también como actividad pedagógica.

Existe una idea bastante generalizada -especialmente en los científicos, pero muchas veces también en los periodistas que cubren ciencia- en cuanto a que el periodista tiene una “responsabilidad especial” cuando informa al respecto.

Es decir, que no se cree que la actividad del periodista científico deba limitarse sólo a informar al público, y le asignan al comunicador otros deberes, como el de “promover aquello que considere positivo de la ciencia, difundirlo, culturizar, así como criticar todo aquello que considere criticable en la ciencia, porque la ciencia no es Dios, no es El Bien, sino un instrumento de conocimiento que puede ser mal o bien usado, y el periodista debería reflejar esa realidad”, sostiene Fernando Costa, investigador de Etología, Ecología y Evolución, del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable[4], y quien fuera director de la sección “Investigadores del Clemente Estable” en la desaparecida revista Posdata.

La autora norteamericana Dorothy Nelkin cuenta el caso de un periodista científico del The New York Times que le aseguró sentirse menos presionado por su director que por la comunidad de la que se ocupa. “Recientemente me han pasado al periodismo político y me siento mucho más libre... Para el periodista científico es muy difícil no pertenecer de algún modo a la comunidad científica”, afirmó (Nelkin, 1990,  p126-127).

El propio Calvo Hernando (1997), principal impulsor del periodismo científico en Iberoamérica, refiriéndose a uno de los dos objetivos generales de gran alcance en el campo del periodismo científico, habla de la necesidad de promover la ciencia en nuestras sociedades como condición para el incremento generalizado del conocimiento.

Hernán Sorhuet, columnista ambiental del diario El País e integrante de la Comisión de Educación y Comunicación de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN) para Uruguay, opina que, si bien “la responsabilidad ineludible del periodismo científico es informar, diciendo no sólo la verdad, sino toda la verdad, ello no quita que eventualmente pueda cumplir con otras intencionalidades, como promocionar la ciencia y la tecnología, familiarizar al público con el método científico, o estimular en la gente el deseo de ahondar en el conocimiento de las ciencias. En la época en que vivimos resulta muy tentador asignarle al trabajo periodístico algunos de estos objetivos, propios de un divulgador de la ciencia y de la técnica. Es que son éstas etapas tan incipientes del periodismo científico, que no se debería desperdiciar cualquier oportunidad de hacer algo de docencia popular”.

Por como está estructurada nuestra sociedad, continúa Sorhuet, “en los hechos el único contacto que tiene el grueso de la sociedad con temas de carácter científico, es con los medios. Esto termina dándole al comunicador un cierto protagonismo como formador, o como deformador, cuando transmite errores”.

Puede sonar maravilloso y “tentador”, como dice Sorhuet, desarrollar una profesión que no sólo informe al público, sino que además promocione las diferentes disciplinas, procure su reconocimiento social, determine cuándo algo está bien y cuándo está mal, y que también tape los agujeros de un sistema educativo que no alcanza a todos o que simplemente no funciona de forma correcta. La razón por la cual semejante profesión es inconcebible, la explica el refrán: “el que mucho abarca, poco aprieta”.

Citaré aquí un ejemplo que a mí me resultó muy esclarecedor. Durante una de las instancias de discusión que se propusieron a fines de 2002 en el Taller Final de la carrera de periodismo de la Universidad ORT, se planteó la disyuntiva: ¿debe un periodista que es enviado a una guerra, ayudar a los soldados heridos que se desangran a su lado? ¿Debe intervenir el periodista cuando ve que algo está mal, como el hecho de que esos soldados estén sufriendo?

Aunque hubo opiniones disidentes, al final prevaleció el “no” por respuesta entre los alumnos. Se entendió que la forma más saludable de ejercer el periodismo es teniendo siempre presente que su única función es informar. Si el periodista que fue enviado al campo de batalla se dedica a auxiliar a los heridos en vez de hacer su trabajo, ¿qué pasará con toda esa gente que quiere ser informada sobre lo está ocurriendo en dicho conflicto bélico? ¿Quién hará el trabajo del periodista, si éste se dedica a llevar a cabo el trabajo de alguien más?

Comparando con el ejemplo de la guerra, podríamos preguntarnos: ¿qué debe hacer un periodista científico cuando ve que la ciencia y los científicos no son valorados por la sociedad, o cuando ve que el sistema educativo del país está fallando? ¿Acaso debe entonces el periodista convertirse en un promotor de la ciencia para que ésta sea reconocida, o debe el comunicador empezar a cubrir las carencias en la formación académica de las personas? ¿Qué clase de información se le estaría dando al público? ¿Qué calidad tendría la misma, si el periodista además tiene que hacer las veces de profesor de ciencias y promotor de disciplinas impopulares?

Por ello, debemos entender que “no es tarea de ningún periodista, cubra el área que cubra, ser herramienta de promoción de nada. Su única función es informar, informar bien. De lo contrario, ¿cuál sería la diferencia, por ejemplo, entre un periodista que cubre ambiente y un ambientalista, entre un periodista que cubre educación y un profesor o maestro?”, cuestiona la periodista Cristina Canoura, editora de Salud, Ambiente, Ciencia y Técnica, del semanario Búsqueda.

En el mismo sentido, Patricia Linn, profesora de ciencias en secundaria y periodista free-lance del suplemento El País Cultural del diario El País, argumenta que “el periodista científico no se debe a la ciencia sino a su público, y su responsabilidad es la de respetar al público receptor de su trabajo, respetar su capacidad de comprender y de opinar, ofreciéndole un trabajo serio, profundo y no superficial. El periodista debe de preocuparse por ser lo más fiel posible a la realidad, expresándose con claridad al informar sobre ciencia, para que el público receptor sea capaz de decidir por sí mismo si apoya o no a la actividad científico - tecnológica”.

Quizá uno de los mayores problemas que acarrea el hecho de mezclar ambas actividades -la divulgación científica y el periodismo científico-, e incluso considerarlas como si fueran una sola, es que, dado que los objetivos que persiguen no son los mismos, a veces los esfuerzos que se realizan para estimular su desarrollo, cuando no inútiles, resultan al menos un gran desperdicio de tiempo y dinero.

Un caso que ilustra muy bien lo que pretendo decir, es la disconformidad de algunos periodistas que fueron invitados a participar, en abril de 2000, en un curso de “introducción el periodismo científico”[5], el cual también estaba dirigido a científicos y estudiantes de ciencias.

Hirschfeld cuenta su experiencia: “Me hubiera parado e ido enseguida, porque no era un curso para periodistas, sino para científicos que querían ser periodistas. Eran científicos explicándonos cómo teníamos que escribir la ciencia. ¡Incluso nos decían cómo escribir un copete! ¿Por qué no traen a profesionales con experiencia, que nos expliquen su trabajo, que nos cuenten anécdotas, que nos digan la forma de buscar noticias o de acceder a las fuentes científicas. La gente que organizó el curso tuvo la mejor intención, pero tiene una cabeza que a mí me indigna”.

 

La idea más saludable

Por más que entendamos que la única función del periodismo es informar, nadie puede hacer oídos sordos al ruido que provoca la información que se le brinda al público. Es decir, siempre hay consecuencias, más o menos notorias, importantes y duraderas.

Puede ser el aprendizaje de un concepto por parte de miles de personas que antes lo ignoraban por completo. Puede ser el reconocimiento de la relevancia de la investigación científica y tecnológica para el desarrollo de un país. Pueden ser muchas cosas. Pero son cosas que ocurrirán como consecuencias secundarias, luego de que el periodista cumplió con su trabajo. Y su trabajo es informar. 

Así, la idea más saludable para el ejercicio del periodismo científico, es la que explica Ramón Méndez Galain, investigador de Física en la facultad de Ingeniería y ex conductor del espacio “Ciencia y Tecnología en el Uruguay”, que se emitía por la radio El Espectador.

Una cosa es una `deliberada promoción´ de la ciencia y la tecnología, y otra, la mera difusión de sus éxitos y sus problemáticas. En ésta o en cualquier otra área, el periodista no debe caer en la complacencia con el actor o con la problemática que describe, ni debe constituirse en defensor público de sus logros. Sin embargo, me parece sano e inevitable que el periodista que se dedique a la ciencia, se compenetre con el tema, se maraville, y transmita de manera natural su fascinación a su lector o a su escucha. Y también, por estar cerca del científico, en el caso particular de nuestro país, pueda transmitir de manera acertada las dificultades para hacer ciencia en Uruguay”. 

Mirándolo desde el lado de la ciencia y los científicos, continúa Méndez Galain, “estoy convencido de que en este tema, más que en muchos otros, el solo hecho de que `hablen de uno´ es automáticamente una promoción de lo que estamos haciendo. Dicho de otra forma, por el mero hecho de informar al público, el periodista científico es un `difusor de la ciencia y la tecnología´. Y, por ende, juega naturalmente un rol social muy importante, pero casi inexistente en nuestro país”. 

En las sociedades actuales existe un divorcio cada vez mayor entre lo que hacen un conjunto de personas muy alejadas del "hombre de la calle" y este último: los científicos son los que entienden la realidad, la transforman y construyen una cantidad de cosas que hacen que la vida de este hombre de la calle sea más agradable; pero éste se siente inevitablemente cada vez más alejado de toda esa tecnología que lo rodea y de los conocimientos que la generan.

Es en este sentido que veo el papel social del periodista científico (en paralelo con los propios científicos): el de acercar estos dos polos cada vez más lejanos y poder mostrarle a la sociedad que no hay ningún misterio en el mundo de la ciencia y la tecnología”, concluye el físico.

Para finalizar este capítulo, queremos aclarar que, como explica Linn, en todo el mundo, los términos del periodismo científico están siendo discutidos constantemente y hay mucho debate al respecto. En la actualidad, la utilización como sinónimos de las denominaciones “divulgador científico” y “periodista científico” se encuentra muy generalizada, por lo cual en este trabajo, en ciertas ocasiones, el lector puede encontrarlas empleadas indistintamente por algunos autores consultados y personas entrevistadas.

 

NOTAS AL PIE

[1] Tomado de la edición electrónica 2001 del Diccionario de la Real Academia Española, disponible en Internet: http:\\www.rae.es

[2] El programa “Ciencia Activa” se emite por el canal municipal de televisión Tevé Ciudad. En el siguiente capítulo se brindan más detalles acerca del mismo.

[3] La exposición "E(ur)eka: Innovación, Ciencia y Tecnología para crear el Futuro", fue organizada por la Universidad de la República, el Poder Legislativo y un grupo de importantes instituciones del país. Se llevó a cabo en el Salón de los Pasos Perdidos de julio a octubre de 2002, y su objetivo fue el de difundir a nivel nacional las capacidades y los logros obtenidos en Uruguay en materia de innovación, ciencia y tecnología. 

[4] El Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, fundado en 1925, es en nuestro país uno de los principales centros de investigación científica. Trabaja en estrecha relación con la facultad de Ciencias y la facultad de Medicina. Desde sus inicios, el Instituto ha funcionado como laboratorio de historia natural de enseñanza primaria, trabajando de forma permanente en el área neurobiológica  y las otras áreas de la biología.

[5] En el capítulo 5 se brindan más detalles acerca de este curso, así como también otras instancias similares que se han llevado a cabo en el país.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Real Académia Española. Diccionario 2001, en su edición digital, diponible en Internet: <http://www.rae.es>