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Por
Sebastián Haro
Revista Pulso (Universidad ORT)
- 2002
Son
como dos mundos diferentes que comparten un miedo recíproco.
Por un lado están los periodistas, quienes en su mayoría le
escapan a la ciencia por ser un tema que resulta muchas veces
complicado y que, además, es considerado de poco prestigio en
los medios uruguayos.
Por
el otro, se encuentran los científicos, temerosos de entregar
información ante el peligro de que se tergiversen o malentiendan
sus explicaciones, pero sobre todo sometidos al repudio de muchos
de sus colegas, que ven con malos ojos la pérdida de tiempo
que implica la divulgación.
Esta
brecha, que durante mucho tiempo alejó a la ciencia del periodismo,
ha ido disminuyendo notablemente en varios países, y la comunicación
entre ambas partes parece haber experimentado un avance esperanzador.
No obstante, en Uruguay “se puede decir que recién está naciendo
el periodismo científico, porque ocho años atrás ni siquiera
se sabía de qué se estaba hablando; esto significa que ha habido
una evolución”, expresó Mariana Zabala, editora del suplemento
“Cosas de la Vida” del diario El Observador.
Pero
el tema es tan reciente en el país, que los medios locales ni
siquiera han acuñado todavía la denominación de “periodista
científico”, sino que en general se hace referencia a ellos
como “los que se encargan de las páginas de salud, informática,
etc.” Y, de hecho, son muy pocos los periodistas que se dedican
exclusivamente a la ciencia, ya que la mayoría también debe
cubrir otras áreas.
DE
SEGUNDA
En
el resto del mundo, y cada vez más, el periodista científico
es alguien de prestigio y de referencia en los medios de comunicación;
sus secciones han sido trasladadas de las últimas a las primeras
páginas e incluso a suplementos especiales. “Pero en Uruguay,
donde hay una ponderación especial de tema político, el periodista
científico todavía sigue siendo considerado de segunda, casi
equiparado con aquellos que cubren cultura”, aseguró Cristina
Canoura, editora de la sección “Salud, Ambiente, Ciencia y Técnica”
del semanario Búsqueda.
Aunque
el prestigio no sólo es una cuestión del ámbito periodístico.
“Los científicos no tienen intenciones de popularizar el conocimiento,
porque cuando alguien publica una nota en un medio, eso no es
bien visto por sus colegas y quizás pueda afectar negativamente
su carrera”, sostuvo Fernando Costa, investigador de Etología,
Ecología y Evolución del Instituto de Investigaciones Biológicas
Clemente Estable, y quien fuera director de la sección “Investigadores
del Clemente Estable” en la desaparecida revista Posdata.
Esto
mismo le sucedió hace algunos años al extinto astrónomo Carl
Sagan, quien decidió llevar adelante una serie televisiva de
divulgación científica denominada “Cosmos”, en la cual explicaba
conceptos muy complejos, como el nacimiento de las estrellas
o la evolución de un sistema planetario, de modo que el público
lo entendiera. “La eficiencia de su narración lo convirtió en
el relato científico de mayor éxito que se haya hecho en televisión”,
afirma una publicación de la Asociación Española de Periodismo
Científico. Sin embargo, cuando Sagan hizo aquella serie fue
muy criticado por algunos de sus colegas, porque sentían que
el astrónomo invertía demasiado tiempo divulgando en vez de
hacer investigación.
A
diferencia de lo que ocurre con la prensa masiva, el hecho de
que un científico publique artículos en revistas especializadas
“vale mucho para su carrera, porque le permite, por ejemplo,
acceder a determinados cargos”, explicó Annabel Ferreira, profesora
adjunta de Fisiología en la Facultad de Ciencias. “En cambio,
las notas en medios de comunicación valen cero, es decir, no
se cuentan para el curriculum del científico”, agregó.
La
ciencia en sí misma puede parecerle un tema de difícil acceso
al ciudadano promedio, pero tampoco el comunicador está ajeno
a ese temor, ya que él no sólo debe poder comprenderla, sino
que además tiene que ser capaz de explicarla de manera clara
y eliminando ciertos tecnicismos que serían incomprensibles
sin una formación académica en el área. Es por eso que, generalmente,
“este tema es visto como un “cuco” por los periodistas; es verdad
que a algunos de ellos simplemente no les gusta, pero hay muchos
otros que le tienen miedo”, aseguró Zabala.
Los
científicos, por su parte, también “tienen terror de que los
periodistas vayan a tergiversar lo que ellos dicen, de que sus
explicaciones sean malinterpretadas y que se terminen publicando
cosas que en realidad ellos no dijeron”, expresó Costa, quien
agregó además que se pierde cerca del 30% de la información
al ser simplificada para publicarse en un medio.
“Quizás
para un científico que lea una nota periodística, puede parecerle
que hay demasiadas simplificaciones, pero nosotros no escribimos
para el experto sino para el público”, dijo la periodista de
Búsqueda Daniela Hirschfeld, especializada en ambiente, ciencia
y técnica.
En
ese intento que hace el periodista por “traducir” los
datos, los términos y los conceptos de la ciencia, “existe un
riesgo de perder precisión, pero hay que ponerlo en la balanza:
si uno por ser exacto, termina no comunicando, entonces ¿qué
sentido tiene lo que está haciendo?”, expresó Zabala.
De
acuerdo con la periodista de El Observador, al tratar de simplificar
algo, no se está ahondando lo máximo posible. Pero, como dice
el refrán, “el que mucho abarca, poco aprieta”, es decir, que
“no puedo profundizar todo lo que quiero, porque termina siendo
algo inentendible, aunque sí puedo hacer una descripción amplia
que al menos le dé al lector un panorama de lo que significa
el tema”, dijo Zabala.
CULPA
DE AMBOS
El
problema, que tanto científicos como periodistas coinciden en
señalar, es la mala interacción que existe entre los dos mundos.
En el caso de los científicos, “no hay una intención de transmitir
sus investigaciones de manera clara, y es por ello que muchas
veces la información ha sido distorsionada, porque se utiliza
un leguaje y unos códigos distintos”, sostuvo Ferreira, quien
expresó además que “la divulgación es una obligación del científico;
él tiene un deber para con el público, porque de ahí recibe
su financiación”.
De
acuerdo con Costa, sus colegas investigadores “no sólo no están
preparados para difundir claramente el conocimiento, sino que
además no están interesados en hacerlo, porque son muy pocos
los que tienen la necesidad de devolverle algo a la sociedad”.
Y un cambio en la actitud de los científicos, dijo Costa, sólo
será posible cuando quienes están por encima de ellos comiencen
a presionarlos.
Asimismo,
Ferreira opinó que los científicos deberían sentir la obligación
de capacitar a los comunicadores sobre temas específicos de
actualidad. “¿Cómo puede ser que salga un shampoo diciendo que
contiene ADN vegetal, que se hable de la existencia de un gen
de la homosexualidad o de la maternidad, y que encima el periodismo
lo levante como si nada?”, cuestionó.
Pero
la profesora de Fisiología señaló que en el ambiente académico
también se percibe una falta de interés por parte de los periodistas
respecto a realizar investigaciones en el área. “Nunca nos consultan
sobre nada. Con lo de la aftosa o el Genoma no se recurrió a
los científicos”, afirmó. “A veces lo que hacen los periodistas
es tomar cables de noticias científicas o de medios del exterior
y los levantan textuales, y muchas veces los levantan mal”,
agregó.
En
el caso del diario El Observador, que dedica algunas de sus
páginas a temas relacionados con la ciencia, “en general nos
limitamos a divulgar, es decir, a recibir la información científica
y trasladarla de la forma más entendible que se pueda”, dijo
Zabala. “Uno trata de investigar, sería lo ideal, pero al final
sucede que el 90% de las notas científicas que se publican son
a partir de algo que llegó, un cable o un comunicado de un laboratorio.
En general, se hace poca investigación en todas las áreas del
periodismo, pero menos en el tema de la ciencia”, afirmó.
Búsqueda,
por ser un semanario y disponer de más tiempo, “nunca se limita
a hacer divulgación pura, sin un análisis y sin una mirada crítica
y atenta a lo que se está comunicando”, sostuvo Canoura. “Cuando
llega la información, la tomamos como materia prima para hacer
notas en las cuales podamos profundizar, analizar y consultar
otras fuentes”, dijo.
La
periodista relató, además, que cuando comenzó a trabajar en
el área de la ciencia hace nueve años, “era muy difícil poder
entrevistar, por ejemplo, a los médicos, porque ellos no confiaban
en que se iba a escribir algo de calidad y sin errores. Incluso
creían que sus investigaciones se contaminaban divulgándolas
en la prensa”, expresó. No obstante, y contradiciendo la percepción
académica de la situación actual, Canoura sostiene que ha habido
un avance increíble y que la comunicación se ha vuelto bastante
fluida.
Otro
de los problemas que han entorpecido el relacionamiento entre
científicos y periodistas reside en uno de los pilares de estas
dos profesiones. Cuando un investigador envía un artículo para
ser publicado en una revista especializada, éste le es devuelto
previamente con correcciones y sugerencias para que siempre
sea el propio autor quien tenga la última palabra acerca de
cómo será el trabajo.
Es
esa misma posibilidad de decisión la que han venido reclamando
los científicos ante los medios de comunicación. “Debería ser
así, que el investigador, o cualquier entrevistado, pueda leer
antes lo que se va a publicar, porque allí se está poniendo
su nombre”, expresó Ferreira.
Sin
embargo, esa forma de proceder choca frontalmente con el profesionalismo
periodístico. “Nosotros recurrimos a las fuentes y ellas tienen
que confiar en nuestra capacidad y en lo que escribimos”, dijo
Canoura. “Si la nota es demasiado técnica o específica, podemos
pedirle al científico que nos aclare algún concepto, pero el
investigador nunca nos revisa los artículos. Como profesionales
serios, no nos interesa divulgar errores, así que podemos volver
mil veces al científico para repreguntarle, pero no para que
nos corrija la nota”, agregó.
Por
su parte, Zabala coincidió en señalar que generalmente nunca
se le da el artículo a la fuente, aunque en el caso de la información
científica muy especializada se han hecho algunas excepciones.
“Es necesario chequearla con mucho más cuidado y delicadeza,
porque en estos temas una palabra de más o de menos puede cambiar
todo el significado. Tratamos de ser mucho más cautelosos en
el manejo de la información científica, ya que es mucho más
fácil errarle”, expresó.
NUEVOS
ESPACIOS
El
espacio de los medios de comunicación en Uruguay ha sido tradicionalmente
acaparado por los temas políticos y también económicos, aunque
en menor medida. Hasta no hace mucho, era casi inconcebible
el anuncio en tapa de una noticia relacionada con la ciencia,
salvo grandes excepciones.
Pero
las cosas están cambiando. Y son los propios periodistas quienes
reconocen un decaimiento en estas áreas, al mismo tiempo que
observan cómo los temas científicos se abren paso y crecen más
y más, tanto así que hoy incluso están apareciendo en tapa.
Los medios, como criterio editorial, han comenzado a darles
más importancia.
“La
gente está harta de la política y de la economía”, expresó Zabala.
Sin embargo, la periodista dijo que no cree que en Uruguay el
periodismo político alguna vez termine último, sobre todo por
el prestigio que significa trabajar en esa área. “No creo que
se revierta el orden de importancia de los temas, pero sí los
porcentajes”, agregó.
De
acuerdo con Canoura, el público está agotado de leer noticias
relacionadas con la política, porque sus intereses van por otros
lados. Y los medios están atentos a esos cambios, por lo cual
se buscan temas que estén más en contacto con la realidad uruguaya.
En estos momentos de crisis política, dijo Hirschfeld, “la gente
necesita un respiro, leer algo que no sea política o economía,
que no sea un bajón, para así no estar tan inmersos en la realidad”.
¿Pero
qué piensa la gente? ¿Acaso el público se da cuenta de la importancia
de ese gen que acaba de ser descubierto, o de ese nuevo telescopio
que flota ingrávido en el espacio?
“Yo
pienso que no, que nuestra sociedad no valoriza lo científico,
porque no consideran la labor del investigador como algo perteneciente
a la cultura”, expresó Ferreira. Muchas veces la prensa exagera
y afirma que “los científicos son todos malos” porque “cae más
simpático que se hable en contra que a favor de la ciencia.
Es mucho mejor visto estar en contra de los transgénicos que
a favor de ellos”, expresó Ferreira.
“Es
verdad que, a los que somos más jóvenes, no nos llama mucho
la atención la ciencia, porque estamos acostumbrados”, dijo
Hirschfeld. “Pero para las generaciones anteriores debe de ser
impresionante. Vivimos en un momento en que la ciencia y la
tecnología se han acercado mucho a la vida cotidiana y se han
aplicado en las cosas más cercanas al hombre. Y eso, sin duda,
está comenzando a captar el interés del periodismo”, agregó.
Periodismo
científico en Uruguay
El
desprestigio de comunicar la ciencia
Por
Sebastián Haro
Revista Pulso (Universidad ORT)
- 2002
Son
como dos mundos diferentes que comparten un miedo recíproco.
Por un lado están los periodistas, quienes en su mayoría le
escapan a la ciencia por ser un tema que resulta muchas veces
complicado y que, además, es considerado de poco prestigio en
los medios uruguayos.
Por
el otro, se encuentran los científicos, temerosos de entregar
información ante el peligro de que se tergiversen o malentiendan
sus explicaciones, pero sobre todo sometidos al repudio de muchos
de sus colegas, que ven con malos ojos la pérdida de tiempo
que implica la divulgación.
Esta
brecha, que durante mucho tiempo alejó a la ciencia del periodismo,
ha ido disminuyendo notablemente en varios países, y la comunicación
entre ambas partes parece haber experimentado un avance esperanzador.
No obstante, en Uruguay “se puede decir que recién está naciendo
el periodismo científico, porque ocho años atrás ni siquiera
se sabía de qué se estaba hablando; esto significa que ha habido
una evolución”, expresó Mariana Zabala, editora del suplemento
“Cosas de la Vida” del diario El Observador.
Pero
el tema es tan reciente en el país, que los medios locales ni
siquiera han acuñado todavía la denominación de “periodista
científico”, sino que en general se hace referencia a ellos
como “los que se encargan de las páginas de salud, informática,
etc.” Y, de hecho, son muy pocos los periodistas que se dedican
exclusivamente a la ciencia, ya que la mayoría también debe
cubrir otras áreas.
DE
SEGUNDA
En
el resto del mundo, y cada vez más, el periodista científico
es alguien de prestigio y de referencia en los medios de comunicación;
sus secciones han sido trasladadas de las últimas a las primeras
páginas e incluso a suplementos especiales. “Pero en Uruguay,
donde hay una ponderación especial de tema político, el periodista
científico todavía sigue siendo considerado de segunda, casi
equiparado con aquellos que cubren cultura”, aseguró Cristina
Canoura, editora de la sección “Salud, Ambiente, Ciencia y Técnica”
del semanario Búsqueda.
Aunque
el prestigio no sólo es una cuestión del ámbito periodístico.
“Los científicos no tienen intenciones de popularizar el conocimiento,
porque cuando alguien publica una nota en un medio, eso no es
bien visto por sus colegas y quizás pueda afectar negativamente
su carrera”, sostuvo Fernando Costa, investigador de Etología,
Ecología y Evolución del Instituto de Investigaciones Biológicas
Clemente Estable, y quien fuera director de la sección “Investigadores
del Clemente Estable” en la desaparecida revista Posdata.
Esto
mismo le sucedió hace algunos años al extinto astrónomo Carl
Sagan, quien decidió llevar adelante una serie televisiva de
divulgación científica denominada “Cosmos”, en la cual explicaba
conceptos muy complejos, como el nacimiento de las estrellas
o la evolución de un sistema planetario, de modo que el público
lo entendiera. “La eficiencia de su narración lo convirtió en
el relato científico de mayor éxito que se haya hecho en televisión”,
afirma una publicación de la Asociación Española de Periodismo
Científico. Sin embargo, cuando Sagan hizo aquella serie fue
muy criticado por algunos de sus colegas, porque sentían que
el astrónomo invertía demasiado tiempo divulgando en vez de
hacer investigación.
A
diferencia de lo que ocurre con la prensa masiva, el hecho de
que un científico publique artículos en revistas especializadas
“vale mucho para su carrera, porque le permite, por ejemplo,
acceder a determinados cargos”, explicó Annabel Ferreira, profesora
adjunta de Fisiología en la Facultad de Ciencias. “En cambio,
las notas en medios de comunicación valen cero, es decir, no
se cuentan para el curriculum del científico”, agregó.
La
ciencia en sí misma puede parecerle un tema de difícil acceso
al ciudadano promedio, pero tampoco el comunicador está ajeno
a ese temor, ya que él no sólo debe poder comprenderla, sino
que además tiene que ser capaz de explicarla de manera clara
y eliminando ciertos tecnicismos que serían incomprensibles
sin una formación académica en el área. Es por eso que, generalmente,
“este tema es visto como un “cuco” por los periodistas; es verdad
que a algunos de ellos simplemente no les gusta, pero hay muchos
otros que le tienen miedo”, aseguró Zabala.
Los
científicos, por su parte, también “tienen terror de que los
periodistas vayan a tergiversar lo que ellos dicen, de que sus
explicaciones sean malinterpretadas y que se terminen publicando
cosas que en realidad ellos no dijeron”, expresó Costa, quien
agregó además que se pierde cerca del 30% de la información
al ser simplificada para publicarse en un medio.
“Quizás
para un científico que lea una nota periodística, puede parecerle
que hay demasiadas simplificaciones, pero nosotros no escribimos
para el experto sino para el público”, dijo la periodista de
Búsqueda Daniela Hirschfeld, especializada en ambiente, ciencia
y técnica.
En
ese intento que hace el periodista por “traducir” los
datos, los términos y los conceptos de la ciencia, “existe un
riesgo de perder precisión, pero hay que ponerlo en la balanza:
si uno por ser exacto, termina no comunicando, entonces ¿qué
sentido tiene lo que está haciendo?”, expresó Zabala.
De
acuerdo con la periodista de El Observador, al tratar de simplificar
algo, no se está ahondando lo máximo posible. Pero, como dice
el refrán, “el que mucho abarca, poco aprieta”, es decir, que
“no puedo profundizar todo lo que quiero, porque termina siendo
algo inentendible, aunque sí puedo hacer una descripción amplia
que al menos le dé al lector un panorama de lo que significa
el tema”, dijo Zabala.
CULPA
DE AMBOS
El
problema, que tanto científicos como periodistas coinciden en
señalar, es la mala interacción que existe entre los dos mundos.
En el caso de los científicos, “no hay una intención de transmitir
sus investigaciones de manera clara, y es por ello que muchas
veces la información ha sido distorsionada, porque se utiliza
un leguaje y unos códigos distintos”, sostuvo Ferreira, quien
expresó además que “la divulgación es una obligación del científico;
él tiene un deber para con el público, porque de ahí recibe
su financiación”.
De
acuerdo con Costa, sus colegas investigadores “no sólo no están
preparados para difundir claramente el conocimiento, sino que
además no están interesados en hacerlo, porque son muy pocos
los que tienen la necesidad de devolverle algo a la sociedad”.
Y un cambio en la actitud de los científicos, dijo Costa, sólo
será posible cuando quienes están por encima de ellos comiencen
a presionarlos.
Asimismo,
Ferreira opinó que los científicos deberían sentir la obligación
de capacitar a los comunicadores sobre temas específicos de
actualidad. “¿Cómo puede ser que salga un shampoo diciendo que
contiene ADN vegetal, que se hable de la existencia de un gen
de la homosexualidad o de la maternidad, y que encima el periodismo
lo levante como si nada?”, cuestionó.
Pero
la profesora de Fisiología señaló que en el ambiente académico
también se percibe una falta de interés por parte de los periodistas
respecto a realizar investigaciones en el área. “Nunca nos consultan
sobre nada. Con lo de la aftosa o el Genoma no se recurrió a
los científicos”, afirmó. “A veces lo que hacen los periodistas
es tomar cables de noticias científicas o de medios del exterior
y los levantan textuales, y muchas veces los levantan mal”,
agregó.
En
el caso del diario El Observador, que dedica algunas de sus
páginas a temas relacionados con la ciencia, “en general nos
limitamos a divulgar, es decir, a recibir la información científica
y trasladarla de la forma más entendible que se pueda”, dijo
Zabala. “Uno trata de investigar, sería lo ideal, pero al final
sucede que el 90% de las notas científicas que se publican son
a partir de algo que llegó, un cable o un comunicado de un laboratorio.
En general, se hace poca investigación en todas las áreas del
periodismo, pero menos en el tema de la ciencia”, afirmó.
Búsqueda,
por ser un semanario y disponer de más tiempo, “nunca se limita
a hacer divulgación pura, sin un análisis y sin una mirada crítica
y atenta a lo que se está comunicando”, sostuvo Canoura. “Cuando
llega la información, la tomamos como materia prima para hacer
notas en las cuales podamos profundizar, analizar y consultar
otras fuentes”, dijo.
La
periodista relató, además, que cuando comenzó a trabajar en
el área de la ciencia hace nueve años, “era muy difícil poder
entrevistar, por ejemplo, a los médicos, porque ellos no confiaban
en que se iba a escribir algo de calidad y sin errores. Incluso
creían que sus investigaciones se contaminaban divulgándolas
en la prensa”, expresó. No obstante, y contradiciendo la percepción
académica de la situación actual, Canoura sostiene que ha habido
un avance increíble y que la comunicación se ha vuelto bastante
fluida.
Otro
de los problemas que han entorpecido el relacionamiento entre
científicos y periodistas reside en uno de los pilares de estas
dos profesiones. Cuando un investigador envía un artículo para
ser publicado en una revista especializada, éste le es devuelto
previamente con correcciones y sugerencias para que siempre
sea el propio autor quien tenga la última palabra acerca de
cómo será el trabajo.
Es
esa misma posibilidad de decisión la que han venido reclamando
los científicos ante los medios de comunicación. “Debería ser
así, que el investigador, o cualquier entrevistado, pueda leer
antes lo que se va a publicar, porque allí se está poniendo
su nombre”, expresó Ferreira.
Sin
embargo, esa forma de proceder choca frontalmente con el profesionalismo
periodístico. “Nosotros recurrimos a las fuentes y ellas tienen
que confiar en nuestra capacidad y en lo que escribimos”, dijo
Canoura. “Si la nota es demasiado técnica o específica, podemos
pedirle al científico que nos aclare algún concepto, pero el
investigador nunca nos revisa los artículos. Como profesionales
serios, no nos interesa divulgar errores, así que podemos volver
mil veces al científico para repreguntarle, pero no para que
nos corrija la nota”, agregó.
Por
su parte, Zabala coincidió en señalar que generalmente nunca
se le da el artículo a la fuente, aunque en el caso de la información
científica muy especializada se han hecho algunas excepciones.
“Es necesario chequearla con mucho más cuidado y delicadeza,
porque en estos temas una palabra de más o de menos puede cambiar
todo el significado. Tratamos de ser mucho más cautelosos en
el manejo de la información científica, ya que es mucho más
fácil errarle”, expresó.
NUEVOS
ESPACIOS
El
espacio de los medios de comunicación en Uruguay ha sido tradicionalmente
acaparado por los temas políticos y también económicos, aunque
en menor medida. Hasta no hace mucho, era casi inconcebible
el anuncio en tapa de una noticia relacionada con la ciencia,
salvo grandes excepciones.
Pero
las cosas están cambiando. Y son los propios periodistas quienes
reconocen un decaimiento en estas áreas, al mismo tiempo que
observan cómo los temas científicos se abren paso y crecen más
y más, tanto así que hoy incluso están apareciendo en tapa.
Los medios, como criterio editorial, han comenzado a darles
más importancia.
“La
gente está harta de la política y de la economía”, expresó Zabala.
Sin embargo, la periodista dijo que no cree que en Uruguay el
periodismo político alguna vez termine último, sobre todo por
el prestigio que significa trabajar en esa área. “No creo que
se revierta el orden de importancia de los temas, pero sí los
porcentajes”, agregó.
De
acuerdo con Canoura, el público está agotado de leer noticias
relacionadas con la política, porque sus intereses van por otros
lados. Y los medios están atentos a esos cambios, por lo cual
se buscan temas que estén más en contacto con la realidad uruguaya.
En estos momentos de crisis política, dijo Hirschfeld, “la gente
necesita un respiro, leer algo que no sea política o economía,
que no sea un bajón, para así no estar tan inmersos en la realidad”.
¿Pero
qué piensa la gente? ¿Acaso el público se da cuenta de la importancia
de ese gen que acaba de ser descubierto, o de ese nuevo telescopio
que flota ingrávido en el espacio?
“Yo
pienso que no, que nuestra sociedad no valoriza lo científico,
porque no consideran la labor del investigador como algo perteneciente
a la cultura”, expresó Ferreira. Muchas veces la prensa exagera
y afirma que “los científicos son todos malos” porque “cae más
simpático que se hable en contra que a favor de la ciencia.
Es mucho mejor visto estar en contra de los transgénicos que
a favor de ellos”, expresó Ferreira.
“Es
verdad que, a los que somos más jóvenes, no nos llama mucho
la atención la ciencia, porque estamos acostumbrados”, dijo
Hirschfeld. “Pero para las generaciones anteriores debe de ser
impresionante. Vivimos en un momento en que la ciencia y la
tecnología se han acercado mucho a la vida cotidiana y se han
aplicado en las cosas más cercanas al hombre. Y eso, sin duda,
está comenzando a captar el interés del periodismo”, agregó. |